Luis, de "A Tasca"
Escribo esta necrológica desde el más profundo respeto y afecto al finado Luis y considerando que la mayoría de las publicaciones en este sentido lo han sido respecto a su dilatada y exitosa vida profesional y únicamente con la intención de cubrir el período que falta en los relatos, el de su infancia.
Me voy a remitir a algo que pertenece a nuestras comunes vivencias, pocos años, pero intensos, que permanecen para siempre en el recuerdo,
Corrían los años 60, cuando la población lucense era, más o menos, la mitad de la actual; o sea, nos conocíamos casi todos y la convivencia nada tenía que ver con lo que hoy se estila. De este modo, los niños que por aquel entonces no alcanzábamos los diez años, jugábamos en la calle a lo que se terciara y tirando de imaginación: escondite, apandas, canicas, peleas, billarda, pelotas...
En ese entorno conocí a Luis, en la Calle de la Cruz, con sus padres, el señor Manuel y la señora Concha, regentando el local que se denominaba "Bodegas Bercianas", o "la Berciana", coloquialmente entre los que se daban cita diaria en el bar.
El local, estaba presidido por la barra, en su parte izquierda, a continuación de la cual se disponían varias barricas que contenía el vino del que surtían a sus devotos. Al final, sobre estos, una televisión -en blanco y negro, por supuesto- le daba un toque de distinción al local, dado que entonces, no todos los establecimientos disponían de aquel avance tecnológico del que disfrutábamos viendo aquellos "dibujos animados" de Bugs Bunny o incluso, para los que ya nos estábamos iniciando en el asunto futbolero, del Mundial de Fútbol de 1966 en el que pudimos ver en directo a leyendas como Bobby Charlton, Eusebio, Yashine "la araña negra", y otros míticos. En la parte trasera una "rana" presidía el patio en el que se practicaba a diario el entretenido deporte de meter el mayor número posible de "pellos" por la boca del férreo batracio.
Compartía calle en la parte derecha con el "Buenos Aires", con su mesa de billar, al que sucedía "La Cosechera", con su "pinball" siempre atractivo para cuando nos daban una peseta para echar una partida, muchas veces abortada por el entusiasmo que poníamos para evitar que la bola se colase anticipadamente, empujando a la máquina que cruelmente nos castigaba con una "falta" que daba por concluido el juego.
Más allá se encontraba "El Verruga" y en la margen izquierda, teníamos después de "La Berciana" al "Cinco Vigas" y al mítico "Anda".
Volviendo al tema de las vivencias, mientras sus padres atendían al negocio con la diligencia debida, sus hijos y un servidor, entre otros, se dedicaban a lo que había que dedicarse que no era otra cosa que jugar en la calle; la misma calle que hoy, plagada de terrazas, mesas, sombrillas y sillas, estaba completamente diáfana y a total disposición de nuestros juegos infantiles. Entre juego y juego, especialmente en época estival, era frecuente que tuviésemos que entrar en el local para pedir un vaso de agua que generosamente nos servían con total normalidad. Cuestión aparte era, cuando tus mayores en ocasiones, te regalaban un bocadillo de queso fresco y anchoas, preparado en la cocina instalada en el fondo a la derecha, que no lo cambiaría hoy por el mejor plato de percebes del Roncudo.
Por razones de edad, me tocaba jugar con "Luisito" más que con su hermano Manolo, mayor que nosotros y que ya estaba a otras cosas y relaciones. En aquel entorno una de las diversiones habituales, que recuerde entre otras, era la de citarse con niños de otros barrios (Recatelo, San Roque...), para atizarse a pedradas en un campo neutral que solía ser La Alameda; allí, entre los negrillos que la poblaban, alguno se fue para su casa con lesiones, en todo caso menores. Aclaro lo de los "negrillos" para profanos; eran árboles, no negros pequeñitos; en aquel entonces creo que solamente había una persona de raza negra en todo Lugo, y lo digo simplemente como dato histórico sin ningún otro tipo de connotación.
Otras veces el improvisado campo de fútbol no era otro que el atrio de la catedral, aunque el propietario del edificio de su lateral no estaba muy de acuerdo ya que, en más de una ocasión, le rompimos los cristales de las ventanas de sendos balonazos.
Recuerdo que, para evitar que nos fuéramos desmadrando, la policía municipal nos mantenía a raya, de tal modo que, a mi corta edad, ya me habían llevado agarrado por una oreja, al cuartelillo que tenía el ayuntamiento en su parte lateral, haciendo amago de que "estaba detenido". Desconozco cual había sido el delito cometido, pero tomé nota de que no se podía andar de cualquier manera por este mundo.
Y de este modo, el amigo Luis, algunos más y yo, hemos compartido aquellos felices años de infancia en un Lugo hoy desconocido.
Mi más sentido pésame a su familia.
Descanse en paz.





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