Ruperto, Milucho, Portiño, Pepito, Toñito y otros, a propósito de la jerga vinícola.




Nos situamos en el Lugo de los años 80, su ambiente de vinos, con sus respectivos personajes y sus ingeniosas y repetidas frases en torno a aquel mundo, que ahora quiero recordar no sin cierta nostalgia.

En el caso del primer citado que dio lugar al titular, Ruperto, se me viene a la cabeza la imagen de un hombre de estatura, más bien mediana, ataviado con una gabardina que creo se la quitaba solamente en los meses de julio y agosto, permaneciendo dentro de ella el resto del año. Lucía un peinado "estilo Anasagasti" para intentar cubrir aquel páramo que el tiempo se encargaba inexorablemente de ir devastando sin piedad sobre su cabeza haciendo inútiles sus esfuerzos por sortear el destino.

Ruperto era una especie de "Solitary Man", una avanzadilla que motu proprio madrugaba las tardes para recorrer a pie cuanto extrarradio había en Lugo, con la sana y altruista intención de probar los diferentes tintos que se servían en cada taberna de cada lugar. De este modo, pasaba información como si el de Castelo estaba mejor que el de La Tolda, o si el de Abella superaba al de Albeiros. 



En todo caso, el hombre era de paladar poco exigente y mucho menos refinado y en los casos en que, tras ir a comprobarlo los demás, el vino era intragable, él se despachaba con su célebre sentencia: "bébese".

De paladar mucho más fino era Milucho, autónomo transportista y retranqueiro conversador, quien después de narrar de forma amena sus vivencias entre vino y vino, cuando se encontraba con uno que le agradaba sobremanera manifestaba su repetida frase: "este vino hay que beberlo de rodillas".

Con frases más populares se manifestaba Porto, Portiño para los amigos, diminutivo atribuído quizás por su baja estatura física o más bien cariñoso por su gran altura personal. Hombre sociable, currante; soltero, pero tío ejemplar para su sobrino. De la "vieja escuela", cuando nos encontrábamos por la calle acompañado yo de algún hijo pequeño, le faltaba tiempo para echar mano al bolsillo y darle unas monedas para sus golosinas a la antigua usanza.

En las sesiones matinales de los vinos blancos -blanco al mediodía, tinto a la noche- como exigen los cánones, era frecuente escucharle pronunciar su "madia leva", tan genuinamente lucense, o su "é moito". Por las noches, en cambio, con el claro y único objetivo de cantar, sustituía la oratoria por una gestualidad bucal que, pareciendo que tiraba besos al aire con los morritos hacia afuera, intentaba arrancar la primera nota de una vieja canción que se le estaba pasando por la cabeza sin conseguir nunca llegar a hacerlo, hasta que algún próximo conocido le daba la entrada y luego la cosa ya iba por su cauce.

De Pepito, Pepucho, Pepe de Higinio, o Pepe a secas (a la sazón, mi suegro), qué les voy a contar. Muchos años de extraordinaria relación y anécdotas que darían para un libro. De todos modos, en esta ocasión me referiré únicamente a un par de frases, la primera, cuando salíamos "de vinos" y demorábamos un poco -o un mucho- la vuelta a casa, siempre me advertía con la frase: "Vámonos Jose que nos matan en casa", eso sí, antes de que él mismo volviese a pedir otra ronda. Pero, bueno, de alguna manera le parecía que quedaba exonerado de la reprimenda domiciliaria por el hecho de habérmelo advertido, derivando la responsabilidad a mi. Un fenómeno.



La segunda que traigo hoy a colación, se producía cuando me visitaba a los diferentes domicilios que tuve por toda Galicia y un servidor, cuestión habitual sin excepción cada vez que venía, descorchaba una botella de vino de nivel muy superior al que se trasfregaba en los bares. Su sentencia era, con gran afección: "Este vino, sana", al tiempo que se frotaba el pecho y el estómago y "controlaba" con la mirada a la botella por si quedaba algo más para apurar otra copa.

Pasando a "Toñito Meilán", otro clásico de los libadores de la época y a quien he dedicado un monografico en este blog, lo cito de nuevo aquí por sus ocurrentes frases a la hora de pedir los vinos a los taberneros. Una de las más conocidas era: "..., pónnos otras finezas". 

Por finalizar, ya que esto daría para un artículo mucho más extenso, otros actores importantes de la época, Antón Grande, sin ir más lejos, o yo mismo incluso, nos dirigíamos a los taberneros -con el debido respeto, pero no faltos de ironía- con un "pon outros larós", unhos "glorios", unhas cucharadas o "ponnos otros Varón Dandy", expresión espontánea que, en mal momento, le espeté al "Quiroga" para hacer una gracia, entre otras cosas porque estábamos de bromas a diario, y en aquella ocasión le sentó tan mal el comentario, que a punto estuvimos de llegar a las manos. 

Y esta es una pequeña semblanza de la historia tabernaria lucense y sus expresiones, con más luces que sombras, en la que primaban las relaciones sociales, los chistes, las anécdotas, los personajes reales y la inventiva e imaginación, tan alejada de la sociedad actual en la que nos han cambiado las reglas del juego y todo esto tenemos que recordarlo como historia pasada que no volverá.

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