Las gafas de los cardenales.




Por el título ya se ve venir por donde vengo, valga el fácil y ramplón juego de palabras que me he inventado para introducir el articulo.

Resulta que siempre he tenido intención de escribir unas líneas sobre las deficiencias oculares de la curia, en el más estricto sentido de la palabra. Cierto es que, lo que es vista, de forma metafórica, tienen mucha más que la mayoría de los mortales; pero eso es otro tema que no voy a tratar hoy aquí.

Lo que me ha decidido a poner en solfa el asunto de las dioptrías eclesiásticas, es la observación que, sin saber muy bien porqué, he tenido acerca de los cardenales y su aspecto físico.

A saber, el cardenal pertenece a una raza que camina lento, como si nunca tuviese prisa, lleva una vestimenta que le llega del cuello a los pies, adornada con alguna especie de mantilla colorada complementada con sus correspondientes encajes y puñetas,colgante de cruz en pecho y un gorrito sobre su cabeza (sin mucho sentido porque dentro del Vaticano, ni llueve ni hace sol, pero es lo que hay).



Dichas estas sandeces, y con todos mis respetos a los religiosos, incluso sin agobiarme por el fasto, pompa y parafernalia que acompañan a las celebraciones religiosas, quiero detenerme en un aspecto complementario del atuendo, que es santo y seña de los cardenales que se precien de serlo:  las gafas.

Pongan ustedes la cadena de televisión que quieran, la plataforma o lo que sea, para ver una congregación de cardenales, y ya me dirán si de cada diez, nueve llevan gafas.

Esto no ocurre en el resto de profesiones, salvo los nadadores olímpicos, que esos sí llevan gafas diez de cada diez, estropeándome este comentario; pero bueno, en todo caso, son una excepción.



Esta reflexión oftalmológica me trae al recuerdo a un conocido lucense, tocayo mío, quien, en los años 50, sin más  estudios y conocimientos que saber leer, escribir y las cuatro reglas, llenó una maleta de cientos de gafas de aumento y se embarcó hacia Brasil para, una vez alli, adentrarse en zonas casi indígenas y comenzar a prescribir gafas a todo nativo que se le ponía por delante, sin entender ni papa del idioma o dialecto que allí se hablaba. Acababa de inventar la optometría aplicada.



Cuando consiguió vender todas las gafas, regresó a Lugo, desconozco si con mucho o poco éxito y tampoco si llegó a cegar a algún indígena por su desconocimiento y atrevimiento con las lentes de aumento; tal vez la mayoría se lo agradeció aunque nunca se sabrá.

Pues hoy en día, no hace falta irse a Brasil ni a ningún otro alejado sito del planeta para vender gafas. Te pones en la Plaza de San Pedro en el Vaticano y a cardenal que pase por allí, le endiñas un par de gafas, unas para el sol y otras progresivas y te forras; más que nada porque cardenales, al igual que políticos, hay unos cuantos; y todos ellos, viviendo del cuento y cobrando duro.




No se me ofendan políticos, religiosos y afines a ambas causas, por la última frase, es simplemente un juego de palabras que busqué para cerrar el artículo que también quise empezar con otro juego de palabras.

Y que Dios nos conserve la vista a todos.

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