Ortorexia
Intentaré, probablemente sin éxito, que este artículo sea una crítica al excesivo culto a la ortorexia sin que al mismo tiempo constituya una apología del "barra libre" para todo lo relacionado con la salud y las dietas.
En principio, lo que me incita a escribir estas líneas es la profusión de visitas a tanatorios con mis amigos de protagonistas pasivos. Ciertamente, al tiempo de apenarme por su irreversible estado, estoy acomplejándome porque, como recitaba Sabina, "me duermo en los entierros de los de mi generación".
Hablando de Sabina y para entrar en materia, el ilustre trovador no ha sido precisamente un ejemplo de prácticas ortoréxicas. Entre lo que se sabe y lo que no se sabe pero fácilmente se intuye, además de lo publicado y lo manifestado por él, este hombre se ha bebido, fumado y esnifado lo que no está en los escritos, y ahí lo tienen con 77 años cumplidos y riéndose de Janeiro, eso sí, como también dice él, "con una mala salud de hierro".
Ilustres "monstruos del Country", de los que me confieso musicalmente devoto, cual es el caso de Willie Nelson y Merle Haggard, aparte de haberse fumado no se cuántas hectáreas de campos de marihuana y uno de ellos - Willie - presidir la asociación de consumidores de hierba (o cómo se llame en USA) - han estado sobre los escenarios hasta los noventa años (y Willie sigue todavía, Merle murió de viejo, prácticamente).
Citaré, por la gracia que me hizo en una de sus declaraciones, al líder de la mítica banda "Motor Head", Lemmy Kilmister. Este sujeto cerró varias destilerías de whisky y a preguntas de un entrevistador de cómo eran sus resacas, respondió que no sabía lo que era una resaca porque estaba bebiendo continuamente. Murió a los setenta años por una dolencia que nada tenía que ver con su adicción a los destilados.
Mención especial merecen mis adorados Rolling Stones. Cada uno de sus componentes tiene su intrahistoria, pero cabe señalar que el único de la formación que ha fallecido es su icónico batería, Charlie Watts, precisamente el que de los cuatro no tuvo más adicciones que un ligero "tonteo" con las drogas del que pudo salir en un par de años. El resto, una pandilla de drogados, borrachos y demás desmanes, más arrugados que uvas pasas, pero que hoy en día, todavía octogenarios, siguen sobre los escenarios dándolo todo.
Si nos vamos al mundo de la literatura, es de rigor citar, en lo que a libadores olímpicos se refiere, el caso de Charles Bukowski, "el poeta sucio". Desconozco si el apodo le viene por su habitual aspecto o por sus descarnadas y transgresoras obras; tal vez por ambos. Este caballero, si bien es cierto que falleció a los 73 años, presumía de estar permanentemente ebrio y con todo y eso, duró siete décadas entre los mortales.
A nivel totalmente local y personal de gente anónima, he de referirme a un amplio círculo de amigos y conocidos de mi ciudad de referencia Lugo que, con sus setenta y muchos, ochenta e incluso, noventa años, no dan tregua a "atrocidades" diarias de comida y bebida (según criterios de la Organización Mundial de la Salud), quienes obviamente ocultan o minimizan sus niveles de ingesta a sus médicos de cabecera para que no les expulsen de sus respectivas consultas de malas maneras.
Todos ellos disfrutan de una envidiable salud, al menos mental.
Después de esta breve pero pragmática relación, en la que ninguno de ellos ha pisado en su vida un gimnasio ni una tienda dietética, vuelvo al principio del artículo y reflexiono sobre toda esta gente que vive pendiente de contar calorías, equilibrar hidratos de carbono con proteínas, cero alcoholes, cenar poco y temprano, dormir lo suficiente, hacer deporte, ...
Todos estos son los que me están dejando cada día. Se han ido para Chacarita, en principio, sanos. En las esquelas solamente falta añadir "no le dolía nada", "tenía bien las analíticas", comentarios que se repiten en los tanatorios con inusitada frecuencia.
No ocultaré que muchos de los otros, incluso a edades más tempranas, también nos han abandonado, pero cuando presencio en prensa, televisión, radio o redes sociales, a médicos o predicadores apocalípticos de la gula, sentenciándonos a muerte por no privarnos de los pequeños disfrutes que tienen los dos días que estamos por aquí, me parece una forma cruel de amargarle la existencia a la gente que, con lo que digan o lo que dejen de decir, se va a morir exactamente igual, si bien, con menos disfrute de la vida, aunque se les hará más larga, eso sí.







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