Jaime, "el rana".
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En los años cincuenta era cuestión común en los pueblos e incluso en las pequeñas ciudades, que la gente fuera reconocida por un mote o sobrenombre, unas veces congénito por sus ascendentes y otras, las más veces crueles, sobrevenidas por su apariencia y rasgos físicos un tanto alejados de los cánones clásicos de belleza; así podríamos recordar algunos como "o caga na brocha", "o paxariño", "o monita", "pepiño cagón", y un largo etcétera que no viene a cuento reflejar aquí más que a modo de introducción.
Un claro ejemplo de lo anterior fue un personaje lucense, residente en el Agro do Rolo, bautizado como Jaime pero conocido como "o ranita" por los niños o "o rana" por los adultos.
No creo que proceda justificación acerca del mote que, por otra parte, le indignaba bastante, al punto de correr tras los niños que le jaleaban continuamente coreándolo mientras escapaban a la carrera de su inminente y violenta reprimenda.
En principio, lástima no daba, pues tenía un carácter agresivo que hacía esfumarse cualquier tipo de compasión hacia él.
Pues bien, volviendo al asunto del origen del sobrenombre, el individuo en cuestión guardaba cierto parecido con los batracios, tanto en los rasgos de su cara como en su expresión, permanentemente adornada por unas gafas con cristales de culo de vaso que traslucían una mirada siempre malhumorada e inquisitoria.
Pudiera ser también que el mote tuviese relación con su permanente estadía en el rio, por su condición de pescador irredento que le reportaba pingües beneficios con la venta de los peces y truchas cobrados y vendidos a quien quisiera, si bien muchos eran reacios a la compra ya que estaba corrido que el origen de la pesquería era el "cagarrón", o sea los desagües de las alcantarillas lucenses al Miño en donde los peces engordaban como cerdos. Sea como fuere, todo hay que decirlo y en rigor a la verdad, tenía cara de rana.
El hombre, al que le faltaba un hervor, ya de niño, había sido objeto de burlas por parte de los otros niños del barrio, si bien siempre tuvo algunos valedores; uno de ellos era Pepe, mi suegro, quien protagonizó una anécdota con él digna de recordar.
Siendo ya ambos adultos, pongamos que rondando los treinta o cuarenta años, como a Pepe le apetecía ir a pescar y quería hacerse acompañar de un especialista, se citaron de madrugada para salir a Outeiro de Rei y así, el Rana se beneficiaría del desplazamiento que, de otro modo, no podría hacer, ya que con sus dioptrías lo único que podía conducir, y con dificultad, era una carretilla de obra y con tal motivo tenía vetado el acceso al carnet de conducir; tanto así que, años después, habría comprado un SEAT 600 en el que viajaba de acompañante con quien quisiera conducirlo que, en ocasiones, también era Pepe.
Pepe, en aquellos tiempos, era privilegiado, pues tenía una moto "Vespa" que le permitía desplazarse con comodidad por la ciudad y cercanías y de este modo, podía llevar un acompañante, eso sí, bien agarrado a su cintura, como "paquete", para no caerse en el trayecto.
Pues bien, llegada la hora de la salida, todavía era noche, se subieron ambos a la moto, pertrechados con los atuendos pertinentes para la jornada: cañas, cestas, botas, ropas de aguas, bota de vino, fiambreras y demás bártulos, dispuestos a disfrutar del día a orillas del río.
Pepe, que era un tanto despistado, arrancó la moto y ya en marcha comenzó a gritarle al Rana que se agarrase bien a él; como no obtuvo respuesta, giró la cabeza para hablarle directamente, y aunque de gafas y dioptrías tampoco le iba a la zaga, se llevó la sorpresa de que no le acompañaba nadie, al tiempo que acertó a ver una sombra pataleando a más de 300 metros y gritando repetidamente ¡PEPITO, ME MATASTE, ME CAGO EN D...!, tirado en la carretera con la caña, las botas y la cesta esparcidas y blasfemando como solamente él sabía hacer, recriminándole el acelerón de la arrancada que dio con sus huesos en la calzada entre gemidos de dolor por los golpes que se había dado.
No recuerdo si la jornada de pesca remató allí antes de haber empezado, aunque, conociendo a los sujetos, presumo que habrían recogido los pertrechos y al propio afectado y continuarían inculpándose subidos de nuevo a la moto y retomando el viaje al rio mientras el Rana iría sangrando y profiriendo juramentos, eso sí, ahora más agarrado al piloto que al principio.





Hablando de apodos, tengo dos muy cercanos: a mi padre en Trubia de donde procedía le llamaban "el Truchín" el fillu "el Truchu".
ResponderEliminarMi marido en Cabañas y su familia eran os "Reís chiquitos", por un lado de la familia, por su estatura más bien reducida. Por el otro lado, los "Martas" que son embargo eran tipos grandote. De ahí que algunos saliesen grandes, otros chiquitos y algunos medianos.