Elegía al encendedor
Cuando estoy a punto de cumplir diez trienios en mi actual rol de exfumador y aprovechando un momento de lucidez, he reparado -no sin cierta nostalgia- en la pérdida de protagonismo a la que ha llegado actualmente el mechero o, para decirlo de forma más elegante, el encendedor, al que dedico esta elegía.
Los mecheros han convivido conmigo -o yo con ellos- desde mi tierna infancia ya que mi familia, como tantas otras de la época, estaba poblada de fumadores empedernidos. Obviamente, aquellos mecheros se utilizaban para encender los cigarrillos que consumía con profusión la mayoría de la población adulta en los albores de la segunda mitad del pasado siglo, que es desde donde tengo recuerdo y relativo conocimiento.
Al ritual de liar la picadura en su correspondiente papel de fumar, marca "Smoking" o similares, que hogaño se utiliza para otros menesteres tanto o más lúdicos, continuaba el proceso de encendido con aquel "moderno" mechero de gasolina, que era de todo menos bonito, con su inconfundible y penetrante olor que todavía recuerdan mis pituitarias a poco que cierre los ojos y me ponga en situación.
La legendaria picadura dejaría paso a cigarrillos ya elaborados como los "Celtas cortos", "Bisonte" y otras marcas que se fueron introduciendo a la vez que mejorando en su presentación, incluyendo eufemismos saludables como aquel "Rocío mentolado", que pretendía emular al "Vicks vaporup", pero en tabaco.
Para los obreros y snobs, también a prueba de vientos y tempestades, estaba el mechero de yesca, o chisquero, tan efectivo como incómodo a la hora de portarlo, aunque tenía su encanto, si bien no era de utilidad para los fumadores de pipa, entre los que me encontré durante una época y cuyo protocolo está reservado a fumadores que dispongan de tiempo para tal menester y poca ansiedad para meterse el humo entre pecho y espalda un tanto alejados de las urgencias que la sociedad actual y el vicio imponen.
Pronto llegaría la evolución de aquella proletaria e insulsa carcasa con notoria mejora de diseño a cargo de los primeros "Zippos" que, respetando el primitivo sistema de encendido, o sea, rascador piedra-chispa-gasolina-llama, desterraron a los anteriores ingenios. Los nuevos modelos, aunque apestaban a gasolina del mismo modo que sus predecesores, incorporaban ya un importante motivo de interacción y, porqué no decirlo, aportaban cierta chulería en el gesto de abrir y cerrar su tapa que añadía un diferencial y sonoro "click" no apto para pasar desapercibido.
Lástima que para recargarlo hubiera que acudir a la gasolinera. También era preciso estar pendiente de cuando se agotara la piedra para proceder a su recambio; o sea, todo un protocolo de mantenimiento ahora impensable. No obstante lo anterior, hicieron un gran servicio aparte de su principal función, "calentando" previo a su encendido las farias de La Coruña y Gijón que sus polarizados incondicionales, a falta de Cohibas y Davidoff, consumíamos diariamente en aquella trilogía de café, copa y puro (con partida de cartas incluída, cuando el tiempo y las obligaciones así lo permitían)
Y ya que hablamos de liturgias tabáquicas, tengo que citar obligatoriamente las fundas para puros de las que conservo una de ellas, centenaria y de cuero, con capacidad para tres cigarros, que se solía portar en la polivalente americana al uso, bien para consumo propio, bien para invitar al amigo que se terciase.
Para los cigarrillos -y solamente reservado a los más elegantes- estaban las pitilleras de plata o sucedáneos, en las que se colocaban cuidadosamente los cigarrillos para darle mayor prestancia y glamour al hecho de ofrecerlos o tomarlos para sí mismo.
Y aquí quería llegar yo, al momento en que irrumpe en nuestra sociedad el célebre "Dupont" en sus diferentes variantes de oro macizo, chapado en oro o lacado en tonos turquesa o burdeos; en principio, artículo de lujo con precio prohibitivo para la mayoría de los mortales de la época.
Con motivo de un regalo no sé si merecido o no, ni viene al caso, tuve la ocasión de ser poseedor de uno de estos históricos iconos del encendido cuya diferencia con los anteriores, venía a ser como cambiar de un SEAT Ibiza a un Ferrari; aun manteniendo el sistema "Zippo" de abre-enciende-cierra, el sonido era notoriamente diferente; mientras el "Zippo" sonaba a chapa barata, este tenía un sonido contundente, al igual que su peso para el que era preciso tener un bolsillo interior en la chaqueta con suficiente resistencia para sostenerlo. Además, obviamente, la gasolina se había sustituido por gas en un importante salto cualitativo. Aunque todavía no se hubiera inventado el término "ergonomía", el tamaño, relieve vertical barrado y su proporcionado peso, hacía que se sintiera una agradable sensación a la hora de sujetarlo y manejarlo, formando parte del preludio y ceremonia del encendido.
Pues bien, este instrumento, ya fuera "Dupont" u otro de inferior rango, aparte de su funcionalidad para encender cigarrillos, supuso un referente en la relación social. Dado que gran parte de la población era fumadora, un gesto de cortesía asumido y obligado consistía en ofrecer fuego a quien abriera su cajetilla para llevarse un cigarrillo a la boca, existiendo incluso cierta rivalidad entre quién lo hiciera primero; de igual modo que era obligado ofrecer tabaco a cualquiera que te rodeara antes de tomar tu propio cigarro, fuera este conocido o no.
Este hecho de compartir cigarrillos y fuego ha servido para romper el hielo en muchos encuentros y relaciones a niveles profesionales y políticos. Existen numerosas imágenes que lo testimonian y nos lo hacen revivir.
Mención especial merece la utilidad que tenía el encendedor a la hora de iniciar un posible "ligue": a la pregunta mítica de "¿tienes fuego?" al momento del encendido siempre acompañaba una mirada que, en función de su complicidad, podría estar apuntando ya a algo más trascendente.
Avanzando en el tiempo, nos han venido llegando encendedores sin piedra y desechables, algunos con cierta prestancia con destinos publicitarios de buena aceptación si bien, como consecuencia del descubrimiento de los aspectos nocivos del tabaco para la salud, han ido desapareciendo tanto los fumadores como el tabaco y consecuentemente los rituales de su encendido y como apunté anteriormente, su protagonismo ha quedado relegado y ocupado ahora por insulsos encendedores de quita y pon para uso de fumadores de obligado sesgo autista por el decadente predicamento social del vicio.
Requiescat in pace, encendedor.











Amen. Aunque nunca he fumado, si he compartido humo.
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