La angula, ese oscuro objeto de deseo.





Ayer, al sentarme a la mesa delante de un plato de "gulas" con gambas, recordé mi primera -y única- experiencia como pescador de angulas.

Es conveniente precisar para aquellos que no hayan probado las angulas, que este sucedáneo, inventado hace ya cierto tiempo, podría pasar el examen con más que aprobado, entre otras cosas, porque el ajo y la guindilla unidos a la lograda textura, hacen que el sabor evoque ciertas reminiscencias del preciado original, tanto más, cuanta más guindilla pongas al asunto ya que si añades cinco o seis de ellas cortadas al medio, te conviertes automáticamente en el Dragón de San Jorge y te dará igual que te pongan, gulas, angulas o fideos del nº 2 con los ojos pintados con rotulador negro.

Una vez hecha la introducción, vamos al meollo de la cuestión.

Hace ya bastantes años un compañero de trabajo, muy versado en asuntos pesqueros me propuso que le acompañara a pescar angulas, a mí que las únicas angulas que había visto en mi vida estaban dentro de una cazuela de barro compartiendo natación con una guindilla y unos ajos laminados, aguardando a que enfriara lo suficiente el aceite en el que nadaban para ser engullidas con el preceptivo tenedor de madera al uso.




Me fija la cita para la 1:00 A.M., o sea, la una de la madrugada para entendernos.

Ahí comienza el problema: a las 7:00 hay que levantarse para currar. Con esta premisa ya me entran ganas de borrarme; si nos vamos de pesca a la una, ¿cuándo regresaremos?, ¿se creerá la parienta que vamos a pescar angulas a semejantes horas, o pensará que es una disculpa para irnos de cachondeo por ahí?

Pues, no; en este caso -y sin que sirva de precedente- no es disculpa. Nos vamos "de angulas" y punto.

Camino de la desembocadura del Masma, que era el destino escogido, iba reflexionando sobre las explicaciones de mi "padrino de pesca angulera". Nunca hubiera llegado a pensar que semejante "bichito" pudiera ser tan selectivo, esquivo y difícil de capturar; aunque, de algún modo ello justifique su desorbitado precio. 

Para empezar, la noche no ha de tener luna y no debes utilizar luz alguna, a excepción de un candil o alternativa de iluminación lo más tenue posible, con lo cual los pescadores orillan el río prácticamente a tientas y a riesgo de caerse a él con todo el equipo y, para más inri, todo ello a oscuras.





Hay que considerar que cuanto más artesano y completo sea el equipo, más cómica resultará la caída. En mi única experiencia en este arte, he visto (mejor dicho, oído), como caía al agua uno de los expertos que nos acompañaba esa noche, con sus ciento y pico kilos de humanidad, sus botas de agua, su chaleco plumífero, su gorro de lana, su esquieiro y su candil; cierto es que, aparte de la oscuridad, el individuo ya se había trajinado media botella de Anís del Mono, esperando la hora de la pesca, con lo cual el rescate, se tornó un tanto complicado.

Superada la tensión de los primeros segundos hasta comprobar que había "hecho pie" por los tacos que se podían escuchar, una vez que conseguimos poner a salvo al "náufrago" nos sobrevino la hora de la pesca de la angula propiamente dicha. Todavía recuerdo el dolor de brazos de tanto darle y darle al puñetero artilugio una y otra vez contracorriente; al no verse nada, tampoco ves si hay "bichería" en él. Al final, aproximas una linterna y consigues intuir algún pequeño movimiento que te indica que algún bicho despistado ha entrado al trapo.




Después de varias horas de esfuerzos, regresas a casa con, más o menos, doscientos gramos mal pesados de aquellos bichillos. Despiertas, sin pretenderlo, a tu señora y, para justificarte, enseñas orgulloso una especie de gran baba marrón oscuro del tamaño de dos tortillas francesas, explicándole que es el fruto de cuatro horas de pesca. (No se deberá de tener en cuenta lo que te hubiera dicho tu respectiva, porque, dijera lo que dijera, probablemente tuviera razón). 

En fin, que te has quedado solo a las seis de la mañana en tu cocina, con ciento ochenta y seis angulas mirando para ti. Tiras de apuntes y ves que, para matarlas, habrás de meterlas en una bolsa con unos cigarrillos disueltos en ella.





A ver..., yo sabía que la nicotina mataba, pero no tan rápido.

Pues, sí. En unas horas, los animalillos estaban para sacramentos. Con lo cual, solamente nos quedaba el lavado y el secado para ultimar el proceso.

Mientras tanto, hubo que ir a trabajar, si bien, aprovechando el momento del café, pegué un chimpo a casa para lavar y poner a secar las 186 angulas que ya tenían el "rigor mortis" más que evidenciado en sus invertebrados cuerpos. (Cuestión aparte es el "tufo" a nicotina que desprendía aquello; parecía que estabas lavando a Fidel Castro, con su puro incluído).  




Finalmente, la cazuela, unos ajos y un poco de aceite se ocuparon de certificar la defunción de lo que, de no ser por nosotros, podrían haber llegado a ser unas soberbias anguilas para terminar falleciendo en una empanada o fritas (que están muy buenas, también).

Y todo esto viene a cuento de que, hoy en día, resulta menos oneroso dar la entrada para un coche que pedir una ración de angulas en un restaurante; por no opinar de la alternativa de engañar al paladar comprándose unas "gulas" de esas que hay en los supermercados que intentan imitar lo inimitable y con las que inicié este revival.






Lo dicho, agénciate un esquieiro, un candil, unas botas de agua, una botella de anís (opcional) y el salvoconducto de tu pareja, si se precisa, y espera a una noche de invierno, sin luna, con la marea subiendo, y acércate a la orilla de una ría del noroeste para intentar tomarte "por la cara" lo que es imposible hacer por medios económicos para la mayoría de los mortales.

¡ Ah ! y cuídate de no caer al río, que lo más probable es que va a ser que sí.

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