La manzanilla y otras infusiones
Hoy, sin saber muy bien porqué, se me han venido a la cabeza los padecimientos que con frecuencia tenemos que sufrir los devotos de las tisanas, lo cual viene a colación de mi afición por las infusiones y las diversas situaciones por las que he atravesado, aunque nadie hubiera reparado en tan nimios detalles como sí lo venimos haciendo los concernidos por el tema, cual es mi caso.
Para entrar en materia y con ánimo de suscitar compasión en el lector, cuando vas en grupo y en la cafetería que te hayas citado pides una manzanilla, lo primero que te preguntan tus acompañantes es si te encuentras mal; miren, yo tomo manzanilla porque me da la gana, porque me gusta y porque entre horas no me apetece tomar otra cosa. ¿Por qué a mi acompañante si pide una caña o un cortado no le preguntan si se encuentra mal? ¿qué mal fario tiene la manzanilla como para asociarla a un hipotético delicado estado de salud o una supuesta resaca a consecuencia de excesos etílicos de la noche anterior del cristiano que la está pidiendo?
Es decir, que cuando no se trata de amigos íntimos que son conocedores de tu afición, pides la consumición ya medio acojonado y preparando la tan repetida y aburrida respuesta de que no te encuentras mal y que eres medio rarito y te gusta tomar una manzanilla al igual que a otros les gusta tomarse un café o un agua mineral sin gas y nadie les dice nada.
Vaya por delante que tanta afición tengo por la chamaemelum nobile, que es el nombre científico de la manzanilla, como por la Manzanilla de San Lúcar de Barrameda que, como es sabido, se trata de un vino exquisito donde los hubiere y que acompañado de unas gambitas o simplemente de unas humildes aceitunas y servido bien frío, quita el sentido de la cabeza. Cada cosa a su hora y a su debido momento.
Pero hoy el tema no es el vino, sino las infusiones y las variopintas presentaciones que nos ofrecen los locales de hostelería.
Para ponernos en contexto y situarnos en el tiempo, el protocolo tradicional de servicio -hace años solamente se consumía manzanilla y muy ocasionalmente té- consistía en un austero cacharro de acero inoxidable, aluminio o alpaca -de metales no entiendo- con agua hirviendo, su correspondiente bolsita en su interior y el "escapulario" colgando que, eso sí, vertía más por fuera que por dentro, pero como ya te lo temías, hacías un giro de codo para intentar alejar el chorro de la ropa y conseguir que cayese directamente, la mitad en la taza y la otra mitad sobre la mesa, quedando todo hecho un Cristo pero evitando que se derramase sobre las salvas partes ya que allí, aparte de mojarte, podría llegar a producir alguna quemadura poco agradable.
Más tarde, sin llegar a corregirse el defecto anterior, vino la versión elegante que consistía en otro tipo de tetera, en este caso de porcelana y tú, acostumbrado al ángulo de inclinación y sujeción de la tapa de la antigua de metal, que te permitía verter la tisana sin más temor que el de echar más fuera que dentro -que ya no era poco- te dejaba en evidencia de repente soltándose su pesada tapadera estrepitosamente sobre la acristalada mesa con el consiguiente silencio y miradas del resto de clientes de la cafetería, a quienes correspondías con una forzada sonrisa de circunstancias mientras intentabas subsanar el estropicio mirando de reojo al camarero que acudía, bayeta en mano, para achicar el derramamiento
Con el avance de los tiempos, las formas de presentación fueron evolucionando -a peor, como casi todo- y nos empezamos a sorprender con unos cachivaches, parecidos a una jaula de grillos, con un artilugio negro de plástico, que lo mismo ejercía de tapadera que de base. Lo que ocurría es que, a falta de folleto de instrucciones, las primeras veces aquello no había, literalmente, por donde cogerlo y cuando no te quemabas los dedos, vertías el líquido por la mesa o no sabías directamente como podías colocar el chisme negro de tapadera o base al mismo tiempo.
El colmo de la sofisticación en mi caso, aunque ahora será habitual, se produjo el día en que me sirvieron mi té y preceptivamente aguardé los cinco o diez minutos requeridos para que infusionase. Cuando consideré que ya se había cumplido el tiempo necesario, procedí a verter el líquido en la taza, sujetando la tapadera por si acaso se repetían desagradables experiencias anteriores y, hete ahí mi sorpresa al ver que de allí no salía más que agua limpia. Me dirigí al camarero para reclamarle que no había puesto la correspondiente bolsita dentro de la tetera y me respondió, no sé si con ironía o condescendencia, que la tenía al lado de la taza. Efectivamente, allí estaba una cajita que contenía la bolsita que yo, en mi ignorancia, había confundido con azucarillos que por cierto no consumo y con tal motivo no había caído en la cuenta de que aquello contenía lo que yo mismo, motu proprio, debería haber puesto dentro de la tetera.
No quiero ni pensar cómo las servirán en la cafetería del IKEA: las hojitas por un lado, un almirez para machacarlas por otro, el agua en su botellita, un infiernillo para calentarla, un terrón de azúcar por allí danzando y unas instrucciones para el montaje de la infusión con un nombre impronunciable.
Decididamente, abandono las infusiones y me paso al Rioja Tinto que, aunque a las diez de la mañana o a las cinco de la tarde no me apetece en absoluto y me va a costar mucho trabajo acostumbrarme a ello, al menos tiene mucha menos complejidad a la hora del servicio y su disfrute, sin riesgo de comentarios gratuitos, quemaduras y derramamientos, salvo que te metas unos cuantos, claro.







Pues, hombre, ¿qué quieres que te diga? Yo si quedo con alguien, a las ocho de la tarde, en un bar de La Marina y va y pide una manzanilla (de infusión, claro, no de Sanlúcar), pues mi prudencia me diría que debo callarme pero en ese momento miraré para otro lado para que no me vean la cara que pongo...
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