Bodega de Quiroga


 
Mis primeros contactos con "Bodega de Quiroga", "el Quiroga", se remontan a mi más tierna infancia allá por los años 60, cuando en una ocasión me mandaron allí a comprar vino, por tratarse de un bodegón muy próximo a mi domicilio, para atender a una visita imprevista; así fue cuando lo hollé por vez primera.

Conviene contextuar, para los lectores más jóvenes, que por aquellas fechas en nuestro país no existían supermercados, ni vinos embotellados -salvo unas escasas botellas para clases privilegiadas y políticos (el político siempre estuvo ahí) - por lo que los adictos al vino, tenían que surtirse en bodegones o llevárselo puesto desde las tascas y bares existentes al uso que frecuentaba quien podía y quien quería.

El bodegón se ubicaba en la lucense calle José Luis de Arrese, nombre franquista evidentemente (hoy rua Tino Grandío), tan triste como el propio local, reflejo de una época con más sombras que luces vista desde la perspectiva actual. La fachada se circunscribía a unas estrechas puertas de madera pobremente acristaladas, a las que a la hora del cierre se les superponían otras a modo de contras para evitar intrusiones no deseadas. La parte derecha estaba ocupada en su totalidad por una media docena de bocois y los dos o tres primeros metros, a la entrada a la izquierda, estaban presididos por un alto e incómodo mostrador en el que los clientes de menos de 1,60 -estatura corriente en aquellos tiempos- estaban obligados a beberse el vino de puntillas. Desconozco el porqué, pero era habitual que bares y bodegones tuviesen barras o mostradores de considerable altura (al igual que los actuales urinarios de muchos establecimientos hosteleros en los que yo, que paso del 1,70, también me tengo que poner de puntillas para no mear fuera). 





La otra mitad del local la ocupaban unas mesas de mármol destinadas, principalmente, a acoger importantes partidas de "subastado" que al caer la tarde se celebraban diariamente, con más espectadores que jugadores propiamente dichos; tal era la atracción de las confrontaciones. Hablando del "subastado", no conseguiré entender nunca como gente que "no sabe hacer la O con un vaso", conoce las cartas que tiene su compañero, sus rivales, y los puntos que suman unos y otros, solamente con salir la primera baza. Yo los llevaría para la NASA o al CSIC para estudiar esta extraña capacidad. Volviendo al tema y para finalizar con la descripción del local, un patio trasero completaba el negocio, que hoy constituiría una excelente terraza, pero entonces se destinaba a almacén y trabajos propios del bodegón. 





Mención especial merecía el baño, por llamarle de algún modo, muy común en ese tipo de establecimientos, que no tenía nada que ver con los actuales dado que no disponía de "taza" y que para hacer "pis" la cosa iba bien, pero para hacer "pas" había que ponerse en cuclillas, posición esquiador, y en semejante escorzo apuntar con tino al agujero. Cierto es que "pas" solamente hacías en situaciones de emergencia extrema, básicamente a principios de octubre, cuando llegaba el "vino nuevo" todavía cociendo en las barricas, émulo del galo "Beaujolais" pero con menos pompa y marketing que aquel, y te ibas por las patas literalmente en cuestión de segundos y sin tiempo de reacción ante las contracciones intestinales provocadas por la inmadurez del vino.





El local venía siendo centro de reunión de una fauna digna de estudio en algún curso de sociología. La pluralidad y convivencia de los más diferentes status sociales allí representados, llamaban poderosamente la atención. Diariamente se entremezclaban altos funcionarios, empresarios, autónomos, administrativos, obreros (parados no, que en aquel entonces no existían) y comenzaban a libar la magra gama de vinos que allí se ofrecía: blanco o tinto, punto; sin tonterías - y sin tapa - así, a pelo y a pecho descubierto, si bien para ayudar al trasiego, aunque solamente en contadas ocasiones, algún cliente con posibles, en un alarde de generosidad y compañerismo, aportaba al colectivo un pedacito de queso o una lata de sardinas para acompañar la áspera ingesta etílica, ante lo cual se formaba un corrillo ansioso en el que el último que llegara se quedaría sin su exigua tapa, en tanto que los demás celebraban como el santo advenimiento la media sardinilla que, entre codazos, habían conseguido llevarse a la boca.





El óleo costumbrista se completaba con una serie de onanistas del jarreo, que impertérritos y sin hablar absolutamente con nadie - aunque todos se conocían por sus prolongadas estadías diarias y en muchos casos relación de vecindad - estaban plantados como chopos frente a las barricas o acodados en la barra libando vaso tras vaso a los que, para rellenarlos bastaba con una mirada cómplice al tabernero o, si la urgencia era mucha, unos toquecitos del vaso contra el mostrador eran suficientes para que el tabernero acudiera presto a su servicio, sorteando en época invernal la estufa de butano ante la que se turnaba la clientela para calentar los pies, aunque a todas luces era insuficiente para caldear mínimamente el local.




Se hace imprescindible resaltar los códigos no escritos, pero implacables, de invitaciones entre los clientes más o menos conocidos entre sí. Lo habitual era que cuando llegaras y te sirvieran el primer vino, alguien ya te lo hubiera pagado. Esto obedecía a que esa persona "estaba en ronda", o sea que pagaba a cuanto conocido llegase hasta que otro tomase el testigo. Lógicamente ello te obligaba a pedir una nueva consumición y recíprocamente, invitar a quien te había invitado y a algún otro conocido más que estuviese en el local; de este modo entrabas en un bucle y cruce de invitaciones del que era difícil salir sin que cayeran algunos vinos de más y un gasto en proporción directa al número de reunidos en el momento en que te tocara desembolsar.

El negocio abría a media mañana para atender a vecinos que se surtían de sus vinos para consumo casero diario, al tiempo que también daba servicio a los aficionados más madrugadores, que siempre había alguno aguardando estoicamente la apertura para tener su primer contacto con el vino, y así iba transcurriendo la jornada matutina, con la "hora punta" situada entre la una y las tres.

Una de las señales de que ya se estaba acercando la hora del cierre era cuando se empezaba a escuchar "por lo bajines" una jota, habanera o similar, a cargo de uno de los habituales, que tenía la rara facultad de cantar sin prácticamente abrir la boca; curioso asunto este en el que el penitente se arrancaba al canto, justo cuando ya era inminente el desalojo y, aunque te apeteciera, no podías entonar con él dos o tres canciones más debido a las exigencias horarias del propietario.

Tal desalojo, nunca mejor dicho, se producía con puntualidad inglesa a las tres de la tarde, con la actitud inmisericorde del tabernero quien, "amablemente" avisaba con unos toques de campana de que estaba a punto de sacar la escoba con la cual barrería serrines, colillas, tobillos y todo lo que se le pusiera por delante sin el menor miramiento.







No obstante, la feligresía -educada en sus horarios y conocedora de la firmeza del tabernero- abandonaba el local sin estridencias y disciplinadamente con la misma determinación que uno se va del trabajo cuando llega la hora de salida. No recuerdo que nadie se hubiera atrevido a pedir que sirviera unos últimos vinos, quizás sabedores de que la respuesta sería negativa y probablemente un tanto desagradable.

Tras una pausa de dos o tres horas, a media tarde se reanudaba la actividad, otra vez con los más madrugadores a las puertas y a los que paulatinamente se iban sumando los primeros aficionados al naipe y resto de adictos. También era punto de encuentro y lugar de congregación de pandillas que desde allí iniciaban la ruta vinícola diaria. Cuando necesitabas contactar con alguien -a falta de móviles, que no se habían inventado todavía- acudías a la hora más o menos adecuada y allí encontrabas, en el mismo sitio que el día anterior, el otro y el otro más, a la persona deseada. Y así, entre partida y partida, tertulias diversas y trajín de clientes, transcurría el tiempo hasta que a una hora muy prudente se cerraba el local, propiciando que los que todavía tenían sed o el paladar caliente, continuaran las rondas por el resto de bares del entorno para cumplir con el ritual diario de recorridos y número de dosis adecuado.




En función de la pandilla que se tratase, el recorrido variaría, aunque una de las rutas diarias podría ser la del Bar Pepe (antes bar Suso), el "Tero", el "corbatas", los "morros", Eladio "el bicicletas", Janeiro con sus jamones y coloretes de salud y enfrente el "bigotes", entre otros, y siempre en función de la calidad puntual de los caldos que se transmitía boca a boca como la pólvora y contribuía a añadir o suprimir del circuito diario a algún garito hasta que mejorase el producto que ofrecían.

Inexplicablemente, el recorrido que había estado sembrado de "tintos del país" más o menos en una línea parecida entre sí, finalizaba en el "Oselle" que era un bar a cuyo propietario no le daba la gana de ofrecer ese tipo de vino y te ponía en cambio un rioja clarete, "Romeral", que servía de mortificación para los que apuraban los últimos minutos de la noche en agradable tertulia, aunque no sin cierta dificultad. se conseguía trasegar acompañado de una tapa de "cabrito asado", que lo único que tenía de cabrito era el aceite de su condimentación y cuatro patatas mal contadas, pero que a aquellas horas de la noche y después de un considerable cargamento de vino pidiendo sustento, era muy de agradecer.

Y así, con más gloria que pena, fueron transcurriendo los días, semanas, meses y años de un buen número de personas y personajes que pulularon por "el Quiroga", su segundo hogar, y por su entorno durante gran parte de sus vidas.

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