Le coiffeur


 



El título, un tanto pretencioso, es únicamente a modo de introducción sobre el tema del día.

En principio, el elegante vocablo galo que traducido al castellano viene a significar peluquero, poco tiene que ver con mis desvaríos de hoy en lo concerniente, precisamente, a la elegancia de las antiguas peluquerías de caballeros.

Mi relación con el mundo de la peluquería, siempre como sujeto pasivo, se remonta -como no podría ser de otro modo- a mi infancia; de cuando no le llegabas con los pies al suelo y tu cabeza le quedaba allá abajo al peluquero y te subían a una tabla sobre el sillón de adultos. Por cierto, el espartano diseño de los sillones era comparable al de los dentistas del momento, si bien afortunadamente, esta actividad era menos molesta para quien la recibía que la de los odontólogos en sus, también incipientes, clínicas.




Antes de comenzar la operación de rapado, entretenías la espera hojeando y ojeando por enésima vez, los cuatro o cinco cuentos de El Capitán Trueno, El Coyote y Roberto Alcázar y Pedrín, que se reponían únicamente cuando ya no se sujetaban las hojas por puro desgaste.





La peluquería estaba ubicada a media altura de la calle García Abad, si es que todavía no le cambiaron el nombre a la calle, y el peluquero en cuestión, se llamaba Estanislao, Tanis para los amigos. No es que este hecho tuviera especial importancia, pero a mí me sorprendía aquel nombre con clara ascendencia rusa, aunque al paisano lo hubieran bautizado en la parroquial de San Lázaro del Puente. Pues bien, remitiéndonos al lugar de los hechos, una vez llegado tu turno y habiéndote encaramado a la tabla hábilmente dispuesta sobre los brazos del sillón, el estilo de corte era único para toda la clá de la época:  muy cortito -para tardar más en volver y ahorrar algo- y un flequillo o perrera al más puro estilo abertzale. Y ya. También existía la variante del corte a la taza, que si bien ahora está de moda, en aquel entonces venía a ser casi como una penitencia que soportabas como un estigma hasta que te empezara a crecer el pelo y comenzase a igualarse la cosa de nuevo.





Pasados los años aquella perrera iba creciendo y ya no molaba nada, eras un joven y te empezabas a interesar por cómo era el asunto aquel de ligar, con lo que te dabas cuenta de la importancia de la imagen, cuestión invariable en el curso de los tiempos, salvo que tengas un yate, un ferrari y unas cuentas bancarias con ocho dígitos, con lo cual si quieres puedes ir descalzo y despeinado, que lejos de cualquier tipo de crítica, será valorado como un detalle positivo de tu personalidad desbordante.

Pero yendo al asunto y centrándonos en la época, llegó la irrupción del corte a navaja con el argumento de que fortalecía las puntas y te dejaba niquelado y además, con un razonable parecido a Brad Pitt, o eso decían, porque tú salías de la peluquería con la misma cara de panoco con la que habías entrado y que no te la arreglaba ni el cirujano plástico de la Reina Letizia.




Con el transcurso del tiempo, te vas haciendo mayor y relegando prioridades; pesa más la factura del colegio de los niños que el hecho de que tu flequillo caiga un poquito más de un lado que de otro y con tal motivo, eliges una peluquería digamos que convencional, o sea, que no se trata de que te dejen como en a rapa das bestas, pero tampoco que te encuentres a Llongueras nada más cruzar la puerta. Así, sin grandes alharacas, va discurriendo tu madurez capilar mientras avanza inexorablemente la alopecia, o comienzan a asomar sin vergüenza las canas por las sienes; en muchos casos, lamentablemente, ambas cosas a la vez.

Y de este modo, casi sin darte cuenta, estás metido en una peluquería Unisex -que al principio y mientras no te lo aclararon, tú, mal pensado, creías que el nombre tenía algo que ver con el sexo- con unos sillones con vibración lumbar, lucerío y, sin pedirlo, masajes en el cuero cabelludo que te revientan la fontanela, aquella membrana que no se te había cerrado bien de recién nacido. Por supuesto, aquí nadie da la vez y tienes que acudir previa cita, como en la Seguridad Social.




Pues bien, nostálgico de tiempos pretéritos, he rastreado la ciudad (en este caso Coruña, mi actual residencia) en busca de alguna peluquería sin tanto fasto, tanta cita, tanto masaje y sin que me llamaran por el nombre dieciséis veces sin conocerme ni habernos presentado antes, y hete ahí que encontré un reducto prehistórico, medio escondido en un barrio, en el que reinaba un peluquero a la antigua usanza en un local bastante acorde con el mismo. 

Para empezar, un tipo cuarentón y huraño, heredero de la peluquería de su padre a la que no le modificó ni el letrero, con aspecto de Riazor Blue prejubilado, que ejercía de propietario, jefe y empleado al mismo tiempo, o sea, Uno y Trino. Fantástico.

Las normas estaban adaptadas a los actuales conceptos de FIFO (first in-first out), o sea, el primero en entrar, el primero en salir; habiendo que recurrir a la castiza pregunta de "¿quién da la vez"? o, más coloquial y actual todavía ¿"quién es el último"?; siendo todo ello un compendio filosófico de la existencia del ser humano y sus antagonismos; es decir, mientras la mitad de la humanidad va corriendo para todos los sitios de cita en cita, la otra mitad se lo toma con bastante más calma. Para muchos clientes, la espera de la peluquería constituía su particular grupo de whatsapp, su muro de facebook, su instagram y, en casos graves, su catarsis personal. Allí el moderador y, en muchos casos el monologuista, era el pelucas, y las opiniones no eran tales, sino sentencias con independencia del tema que se tratase, a pesar de los escasos o nulos conocimientos de los ocasionales tertulianos sobre el mismo.




Aquella peluquería, al igual que los antiguos bares, constituía un foro de opinión en el que cualquiera podía pronunciarse con sobrada asertividad sobre el desmantelamiento nuclear, la evolución del IBEX 35 o la Teoría de Cuerdas, todo ello sin haber conseguido pasar de 2º de EGB. Muy grandes.

De todos modos, cuando la espera no estaba muy concurrida y solamente estabais el peluquero, el otro cliente que estaba siendo intervenido y tú, y la conversación no te interesaba o era inexistente, siempre te quedaba la alternativa de leerte el omnipresente "MARCA" del día, o el "SEMANA", eso sí, bastante más atrasado y sobado que la chepa del Apóstol Santiago.

Las instalaciones, por llamarles de algún modo, no tenían nada que ver con los competidores del entorno. En aquellos escasos 20 m2, para empezar, no había lavado de cabeza; o ibas lavado de casa con el pelo todavía mojado, o te chirriscaba agua con el flix-flix sin reparo ni previo aviso, con lo que tenías que estar atento para ver por qué lado te venía el chorro, guiñar ese ojo y que no te lo lavara de paso. El resto, te lo puedes imaginar. A la pregunta de ¿cómo lo quiere? yo siempre respondía, normal; más que nada porque dijeras lo que dijeras te lo iba a dejar -ahora también- como Dios le diera a entender, eso sí, no falta nunca, al final de la perpetración, el pase del espejo por la nuca, con un rápido movimiento de muñecas que ya quisiera para sí Rafa Nadal, ante el que asientes como un borrego por dos motivos, el primero, que no te ha dado tiempo a ver cómo te ha dejado, y el segundo que, si te ha cortado de más, no se va a poner a recoger pelos del suelo y pegártelos de nuevo en la cabeza; con lo cual, lo del espejito lo vamos a dejar como parte atávica e inherente al protocolo, pero que no sirve absolutamente para nada.




Hace ya algún tiempo, una mañana, con el pelo pidiendo a gritos un corte urgente, me presento en la peluquería, ya adoptada como habitual y acostumbrado a sus defectos y virtudes. y me encuentro con todo cerrado y un sencillo cartel rezando:  SE ALQUILA LOCAL, con lo cual, después del disgusto inicial, no tuve más remedio que, muy a pesar mío, ponerme en manos del Centro de belleza unisex de al lado de mi casa, en donde me atienden estupendamente, pero huérfano de ese sabor vintage que tanto añoro y toda su parafernalia añadida, con aroma a Varón Dandy incluído.





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