Historia de la tapa lucense

 



Situemos el relato en los albores de los años 60, en Lugo, básicamente porque en aquellos momentos a un servidor se le asomaba el uso de razón y comenzaba  a ejercer el vicio de atesorar ciertos recuerdos que ahora me atrevo a comentar, sino como actor, sí como testigo de cargo mientras la memoria no me falle.

Estaríamos hablando de los orígenes de la hoy tan arraigada costumbre lucense de "ir de vinos".

Suponiendo que hubiera sido en aquellas fechas, o tal vez unos años antes, cuando se prodigase tan genuina diversión, convendría precisar que la expresión al uso no era la de "ir de vinos", sino la de "ir a tomar los vasos"; lo de "ir de vinos", si no recuerdo mal, llegó unos años después, desterrando y sustituyendo al antiguo modismo por el que hoy todavía se mantiene entre la afición al asunto etílico-social.

Pues bien, retomando el comienzo de la historia, en la zona vieja lucense - o sea, dentro de murallas- ejercían como puntos de encuentro entre la sociedad civil masculina, una serie de bodegones -precursores de los posteriores bares- que cumplían la doble función de surtir a los hogares de vino a granel, dado que apenas existía el embotellado, y servir vinos para que se los llevasen puestos en la medida que quisieran, pudieran y pagasen, los clientes que por allí se daban diaria cita.





A aquellos legionarios del vino, tragándoselo a pelo, sin un triste trozo de algo que llevarse a la boca para minimizar los efectos de los blancos y claretes castellanos a granel cayendo sin piedad en sus estómagos vacíos, habría que dedicarles un monumento. Todo fuera por la tertulia, las pandillas y el esparcimiento al uso y moda de aquellos tiempos en los que, de algún modo, los clientes asumían con resignación y desenfado el daño colateral de gastritis y úlceras de estómago que contraían a cambio de la diaria diversión vinícola.

En cuanto a los bodegones y sus sucesores los bares, unos y otros se distinguían por sus referencias toponímicas sin concesiones a la imaginación:  Lemos, Cacabelos, La Berciana (años después, La Tasca), Bodegón Orensano, Valdehorras -lo transcribo con hache, como se escribía en aquel entonces y así rezaba en el sobrio letrero colgado sobre la entrada- y un largo etcétera, en el que el titular solamente tenía que espetarle al triste rótulo, cuando lo tenía, su lugar de nacimiento o alguna referencia geográfica sobre el origen del vino que mayoritariamente allí se despachaba a discreción, como máxima expresión del marketing y publicidad de aquellos tiempos.

Sobre el asunto de las tapas, no había noticias ni se esperaban. A falta de alimento para acompañar la ingesta de vino, la clientela se iba entreteniendo con el "juego de la rana" que, dicho grosso modo, se trataba de un batracio de hierro, crucificado sobre una mesita de madera, al que se le intentaba hacer tragar diez "pellos" (fichas de plomo del tamaño de una moneda muy grande), lanzadas desde una distancia de tres o cuatro metros, y que se situaban en los patios traseros que había en la mayoría de los locales. Pagaba la ronda de vinos el que perdía, claro.





Entretanto, al igual que en otras zonas extramuros como Recatelo, San Roque, A Ponte..., en la otra punta de la urbe en expansión, se iba poblando el barrio aluvión de La Milagrosa, con la Bodega de Quiroga como punto de referencia vinícola, e iban brotando bares como setas, que en este caso ya no recurrían a nombres de lugares sino a nombres propios. Así surgían el Bar Suso, Bar Pepe y otros muchos, cuyos dueños no tuvieron tampoco que despeinarse a la hora de pensar en el nombre del negocio. En cualquier caso, muchos de ellos fueron rebautizados por su feligresía con nombres que definían características del titular; así podíamos quedar en "el corbatas", siempre impecable sirviendo con su camisa y corbata, con pasador incluído; "el bicicletas", apodado así por la velocidad con la que recorría la barra y resto del local; "el bigotes", con tan cuidado como poblado mostacho, y tantos otros que, por sus motes, ya te daban pistas del perfil del tabernero en cuestión.

Con la transformación de los antiguos locales y, sobre todo, la eclosión de los nuevos, nació la tímida oferta de una tapa -en principio un tanto escasa, fría y espartana- un trozo de queso de reducidas dimensiones, o media loncha de salchichón bailando sobre un pedazo de pan reseso, era toda la oferta que venía a facilitar el trasiego del líquido elemento en algunos establecimientos.

Ante la falta de sensibilidad del tema del papeo adicional por parte de los hosteleros, de algún modo lógica porque no era un asunto demandado, estos comenzaron a ofrecer, como decimos, tapas frías, incluso de tortilla del día anterior, dando pie a la anécdota de que, cuando en una ocasión un cliente se encontraba soplando un triste trozo de tortilla pinchado en un palillo, el tabernero le advirtió que no estaba caliente, a lo que aquel respondió que no era para enfriarla sino para quitarle el polvo. La cosa terminó con cierta alteración del orden, pero sin que llegase la sangre al río.





Como en todas las innovaciones, hubo cierta resistencia por parte de algunos hosteleros para atraer a su clientela por la "tapa", pero finalmente todos entendieron que esta pasaría a constituir un elemento imprescindible para su subsistencia, por lo que comenzó una carrera por esmerarse en la calidad, cantidad y presentación de las mismas, de forma gratuita, que todavía hoy continúa en nuestra ciudad y que es motivo de comentario y admiración por quienes nos visitan, ya que en sus lugares de residencia están acostumbrados -en el mejor de los casos- a que acompañen sus consumiciones con unos maicitos y cacahuetes, cual si fueran gallinas o monos.






Y de este modo, casi sin darnos cuenta, ha ido discurriendo durante más de medio siglo la historia local de la siempre bienvenida, agradecida y gratuita tapa lucense, pasando de su primigenia inexistencia a la abundante oferta que se prodiga hoy en día, deseando que dure muchos años y nosotros que lo veamos y disfrutemos en agradable compañía.


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