Anécdotas tabernarias
Comenzaba el último cuarto del pasado siglo XX cuando en Lugo proliferaban los bares y antiguas tabernas por doquier.
Una de las zonas más antiguas y visitadas era la de Recatelo, barrio aledaño a la sempiterna muralla lucense que, a lo largo de dos siglos de existencia ha sido testigo mudo de todo cuanto se ha venido cociendo en su interior y redor.
No puedo dejar de comentar la idiosincrasia del pueblo lucense haciendo mención a que, cuando los residentes en el barrio de Recatelo atravesaban la Puerta de Santiago, pese a tener simplemente que cambiar de acera, decían que iban a Lugo. Ni que decir, del resto de barrios extramuros mucho más distantes del centro que este.
En cualquier caso, no es este el motivo del relato sino circunscribirlo en concreto a uno de los bares, tabernas o llámese como quiera, que yo visitaba en ciertas ocasiones en el secular barrio y en el que se sucedían diariamente anécdotas de todo tipo.
Su propietario, al igual que muchos taberneros clásicos de los años difíciles, tenía un halo de autoridad, o mala leche- para mejor definirlo- que provocaba que pedir que te sirviera un vino venía a ser como si estuvieras siendo juzgado por algo y sintiendo cierta culpabilidad.
Cierto es que a ello contribuía que atendía el mostrador, ya de por sí alto, desde otra altura más en su interior, lo que le confería un control absoluto sobre los fieles, cual púlpito adecuado al establecimiento y al individuo en cuestión.
El hecho de atusar frecuentemente su mostacho, enroscado al más puro estilo francés, le ayudaba a potenciar su singular imagen de seriedad. Obviamente, los incondicionales del lugar, eran totalmente insensibles hacia esta consideración, más propia de quien le visitaba por primera vez.
También merecen comentario sus largas noches de tertulia, hasta el amanecer, con sus amigos más íntimos, vino viene, vino va; incluso una noche en la que se cortó la luz, continuaron la conversación acompañados de una vela hasta que el sol entró por los pequeños ventanales advirtiéndoles que, tal vez, sería momento para retirarse y apagar aquella vela que ya no tenía sentido.
Contaba él, con mucho sentido del humor, su complicada operación de intestino que describía asimilándolo a las tripas de un cerdo, que tanto le gustaban cocidas: me quitaron un trozo así de la gorda, casi medio metro de la rizada..., mientras cortaba una manzana como pírrica alternativa al taco de tocino sobre un trozo de pan centeno y un generoso vaso de tinto, que sería lo procedente según como se mire.
Siguiendo con la descripción del bar, una humilde cortinilla separaba la barra de la cocina en la que su abnegada esposa se esmeraba en preparar unas espartanas tapas frías para ayudar al trasiego del vino -casi siempre de cierta calidad- que allí se servía.
Por lo demás, presidía el oscuro local un óleo de considerables dimensiones, firmado por el pintor lucense Labajjo, que no tendría yo inconveniente en colgar en mi casa, que terminó allí a modo de pago a las consumiciones realizadas por el bohemio artista, vecino del barrio, o eso afirman quienes conocen algo sobre el tema y todavía viven para confirmarlo o desmentirlo.
De todos modos, no era mi intención extenderme tanto sobre la descripción del austero local y su propietario, sino dirigirme a la anécdota que en él tuvo lugar una noche que se prolongó más de lo habitual gracias a la benevolencia del tabernero quien, desafiando a la autoridad municipal, cerraba el local cuando dios le daba a entender o a él le venía en gana, y aquella noche, como estaba de quiero, concedió una prórroga a sus asiduos.
La letrina, protagonista del suceso -no llegaba a la categoría de retrete- consistía en un oscuro habitáculo de bastante menos de un metro cuadrado, con un hueco por el que, con más o menos acierto en la puntería, se conseguía evacuar las aguas menores o mayores, que los clientes apurados requerían con la presteza del momento, muy especialmente cuando en otoño llegaba el vino nuevo y su falta de madurez trasladada al intestino obligaba a sus incondicionales libadores a realizar imprevistas y veloces carreras al baño.
En la noche que refiere este comentario, un cliente habitual, que hasta la fecha tenía una boca de rape huérfana de piezas dentales, irrumpió en el bar con una sonrisa de oreja a oreja presumiendo de la piñonera nueva que le había colocado aquella mañana el dentista, así como del elevado precio que había pagado por ella. Con el paso de las horas y con algunos vinos de más, abandonó el momento de cante y tertulia para dirigirse a la pieza, con el ánimo de desbeber, por vía oral, diez o quince vinos que le sobraban a aquellas horas de la madrugada.
Al cabo de cierto tiempo, el hombre regresó -entre sollozos- al corrillo de los amigos lamentándose de que, en medio del vómito, se le había caído la brillante dentadura postiza por el agujero del prosaico váter, preguntándose como se iba a presentar en su domicilio, de madrugada, borracho, sin dientes y sin dinero.
No se hizo esperar el compañerismo que presidía este tipo de pandillas y reuniones, para que alguno de los más voluntariosos y expertos amigos se prestara a intentar rescatar la dentadura del interfecto del asqueroso lugar en donde hipotéticamente se podría haber depositado, remangándose la camisa hasta el hombro y procediendo a la prospección a ciegas entre lo inefable que allí podría encontrarse ante la expectación del propio interesado y resto de clientes que seguían con atención la evolución de los acontecimientos.
La decidida actuación de este sujeto permitió la recuperación de los dientes postizos con su correspondiente paladar del desconsolado amigo y tras lavar todo aquello convenientemente, es un decir, y volver a metérselo en la boca, como si no hubiera pasado nada, pudieron nuevamente brindar y pedir otra ronda a la salud de ambos, ante los aplausos y reconocimiento de los allí presentes, retomando el chiste o canción que estaban entonando antes del escatológico incidente.







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