Tipos singulares
Corrían los años setenta y la fauna lucense se prodigaba por los bares y tascas del centro y extrarradios como terapia alternativa al running, paddle, consultas de psicólogos, yoga y tai-chi, que se inventaron años después como hipotético remedio a los desequilibrios psíquicos y crisis existenciales de diversa índole que, con los tiempos, fueron aflorando e instalándose en la sociedad actual.
El barrio de A Ponte lucense, emblemático para los devotos de Baco, se distinguía por concentrar a una clientela plural, transversal y poliédrica, como se diría ahora, y en muchas ocasiones coral en el más literal sentido de la palabra, ya que era frecuente escuchar improvisados y más o menos entonados cantos de taberna, así como discursos de lo más variopinto por parte de indocumentados oradores con participación abierta de la audiencia, sin distingo de tipo alguno.
Recuerdo, entre otras muchas, un par de anécdotas a cargo de otros tantos personajes que en los años ochenta -antes y después también- pululaban diariamente por sus bares.
Tal vez, el establecimiento más concurrido y en donde se producían todo este tipo de anécdotas, era -y todavía sigue siendo en 2022- el Bar Chuco, punto de congregación de la tropa vinícola autóctona.
Uno de esos personajes, nunca mejor dicho lo de personaje, que hacía parada diaria por allí era un vecino del barrio, ya entrado en los cincuenta del que, siendo politicamente correcto definiéndolo, se diría que se trataba de una persona con otras capacidades, si bien en aquel entonces, desafortunadamente, se denominaban de otra manera más peyorativa este tipo de características y conductas.
De baja estatura -de puntillas quizás no alcanzaba el metro y medio- y poco agraciado físicamente, todo lo que Dios le limitó en intelecto, pese a la dimensión de su cabeza, se lo concentró en sus partes nobles.
Afirmaban los que se lo habían visto y medido -que eran medio barrio- que aquella cosa, en estado de reposo, le llegaba casi hasta la rodilla, impidiéndole ponerse en bañador por lo sobresaliente del asunto una cuarta por debajo del mismo; bien cierto es que la naturaleza y la genética van repartiendo como buenamente pueden y cada uno tiene que pechar con lo que le toque, para bien o para mal.
Una vez retratado el amigo y yendo ya a la anécdota, como aquello del bar era una gran familia, a alguno de los amigotes no se le escapó que aquella mañana había ido al médico, con lo cual le hizo la inevitable pregunta:
. ¿Qué che dixo o médico?
. Berróume e chamóume animal.
-¿É logo?
- Preguntóume si bebía.
. ¿E tí qué lle dixeches?
. Eu, como xa o vía vir, tireille polo baixo e díxenlle "tres litros de viño ao día". ¿Faleille?
. Falar falaches, normal que che chamara animal.
. Pois si chego a decirlle a verdade, igual se bota a mín.
Luego, todo serio él, razonaba que tenía la barrica de vino en el pasillo de su casa y que, claro, al pasar a su lado, tropezaba con ella y era inevitable echarle una jarra cada vez que pasaba por allí. La cuestión es que la jarra era de medio litro y pasaba por su lado diez o quince veces al día. De los vinos que tomaba diariamente por los bares de la zona -que no eran pocos- no le comentó nada al galeno; esos, a su criterio, no computaban.
Otra anécdota graciosa de aquellos bares y aquellos tiempos la protagonizó otro habitual de la barra, algo más despejado que el anterior pero también con algunas limitaciones; este comentó, en una de aquellas tan divertidas como disparatadas tertulias, que las uñas de los pies no se las cortaba; las dejaba crecer mucho, y cuando las tenía muy largas, tipo águila, las ponía a remojo y cuando reblandecían, se las arrancaba en la parte que le sobresalían de los dedos propiamente dichos.
En una ocasión, una noche en la que cayeron unos cuantos vinos más de los habituales, este individuo llegó a su casa como buenamente pudo -aunque cincuentón también, vivía con su madre- y como ya era muy tarde y su madre dormía, se puso a rebuscar la pota de caldo, siempre presente en las antiguas cocinas económicas y con contenido dispuesto a ser recalentado para cenar el demorado a la hora que se terciase.
Puso la pota al fuego, cenó, se acostó, y a la mañana siguiente despertó entre la resaca y los gritos de su madre que andaba preguntando quién se había comido la lavadura que había en la pota para darle a los cerdos.
No creo que le hubiera importado mucho habérsela cenado con la cogorza que llevaba; a lo mejor, hasta le sentó bien.
Lo peor fue para los sufridos cerdos, para los que tendrían que improvisar otro menú o dejarlos en ayunas ese día, que es lo más probable que ocurriera, mientras el protagonista de la anécdota se iba a trabajar un día más, tan pancho y, a la noche, vuelta a los vinos.







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