Socializando en el tren. O no.

 



Permítaseme el recurso al mítico cuadro de Munch, El grito, para reflejar mi asombro ante la deriva que ha tomado la sociedad y la brecha que se agranda, cada vez más, entre unos y otros individuos que estamos cociendo en la misma marmita, cual camarones, y de la que no nos podemos salir, salvo que nos volvamos eremitas o nos mudemos a la Luna; la primera opción, factible, la segunda no tanto.

Viene esto a cuento de que, de cuando en vez me bajo de mi imaginaria columna de Simón el estilita en la que habito voluntaria y cómodamente, para comprobar, a pie de obra, como van evolucionando las cuestiones terrenales.




Para análisis sociológico, valga sencillamente mi último viaje en tren en un trayecto, incluso, de no mucha duración y la observación del  paisanaje que me rodeaba.

El vagón, ocupado mayoritariamente por gente joven, era un vacío de silencio, como citan las sevillanas del adiós en una de sus estrofas, y a la vista por encima de los reposacabezas solamente se percibían las cabezas inclinadas de los pasajeros, interactuando con sus correspondientes iphones, smartphones, portátiles, tablets, o instrumentos tecnológicos al uso. No he visto a nadie comiéndose un plátano, haciendo un crucigrama o hablando con el de enfrente.





Más o menos, he constatado que entrar en un vagón -ahora se llaman coches- viene a ser como entrar en un velatorio; o peor, porque en un velatorio todavía a algún visitante poco avezado en asuntos tecnológicos, cuando va a dar el cumplido pésame a la viuda, se le puede disparar la llamada del móvil con el tono de si tú me dices ven lo dejo todo, lo que provocaría la risa contenida de los presentes, incluso, si cabe, del propio difunto si no está bien muerto. En el tren, esto no ocurre; la tecnología está controlada por sus usuarios y, hasta donde yo puedo entender, no creo que sea frecuente que alguien descuide el volumen del altavoz mientras está entretenido con algún vídeo porno que sí bien. cierto es, podría ser cuestión de divertimento si los otros pasajeros no estuvieran aislados a su vez con sus respectivos auriculares y pudieran compartir imágenes y jadeos ad hoc del asunto, mezclados con el rubor del viajero sorprendido in fraganti.





Quisiera comentar que en este blog me remito a temas pretéritos, y rebatiendo ocasionales opiniones de algunos amigos críticos con mis nostalgias, tengo que manifestar que pasado tenemos todos, que el presente por definición es completamente efímero y sobre el futuro, no sabemos si lo tendremos o no. ni mucho menos cuán largo será; voy a recordarles, por tanto, la importancia sociológica que tuvo el ferrocarril en su relativamente corta historia apelando a la memoria retrospectiva y por aquello de no olvidar lo que hemos sido, sin entrar a cuestionar las hipotéticas ventajas del desarrollo con todas sus connotaciones.

Nos situamos en los años sesenta, cuando las locomotoras habían dado un salto cualitativo pasando de las decimonónicas Mikado y otras similares, a las modernas eléctricas. En aquel entonces, causaba sensación el Talgo, icono de modernidad para la época.





Pues bien, aun fruto de aquellos progresos, los trayectos a través de nuestra península conllevaban un tiempo considerable; tanto así que, trasladarse de Coruña a Barcelona, superaba con creces las 24 horas. O sea, salías un sábado por la mañana, y llegabas un domingo por la tarde, todo ello a bordo del famoso tren conocido como Shangai que iba parando en cuanta estación de Renfe existía en nuestra geografía. En muchas de ellas daba tiempo a desayunar, comer o merendar plácidamente según la duración de la parada.

El lujo, que siempre lo hubo y lo habrá, estaba reservado a cuatro potentados y consistía en unos vagones de coche-cama, cuya traducción sajona wagons-lit, a forma de distinción y modernidad, se rotulaba en sus carrocerías, con el personal elegantemente uniformado de azul marino; el resto de pasajeros se acomodaba -es un decir- en vagones de primera y segunda clase. Entiendo que no procede explicación entre las diferencias de primera y segunda y tampoco me voy a esforzar en ello: la primera, era un poco mejor, y la segunda, peor.




Bueno, me estoy perdiendo en fruslerías y alargando la introducción ya que a donde quiero llegar es a la interacción entre personas, de los más diversos orígenes sociales, que se daba en aquellos trenes. Cierto es que los viajes se realizaban de forma más o menos excepcional y no menos cierto que la duración era muy superior a la que nos ofrecen los veloces trenes actuales; ahora bien, en aquellos viajes, de los cuales soy testigo de cargo, sino no me atrevería a escribir estas líneas, la comunicación directa interpersonal conformaba parte indisoluble de los interminables trayectos.

Como quiera que los compartimentos de los vagones acogían, si mal no recuerdo, a unos ocho o diez viajeros, sentados frente a frente, aquella proximidad -ante la ausencia de móviles- provocaba unas inevitables miradas directas en las que, más antes que después, alguien tenía que romper el hielo y comenzaba el experimento sociológico que de alguna manera me retrotrae al libreto de El método Grönholm, más que nada por similitud en la reclusión en un habitáculo de gente desconocida entre sí, entre la que comienzan a emerger los diferentes perfiles de los que allí se encuentran.

Desde luego, mucho más romántico es mi recuerdo en el que, salvando los diferentes egos, en los compartimentos de aquellos espartanos vagones, se comenzaba a gestar un clima de aproximación, solidaridad y concordia, que finalizaba compartiendo todo tipo de viandas que se llevaban para acompañar y aligerar el viaje.




En aquellas travesías, y me estoy refiriendo a atravesar España de punta a punta, se hacían amistades eternas, como las que se hacen ahora mismo en las habitaciones compartidas de los hospitales y que. a la media hora de abandonar el hospital dejan de serlo. 

En todo caso, no recuerdo las caras, los comentarios, ni siquiera ciertos detalles, pero lo que sí recuerdo es el clima de aquellos momentos de socialización, risas, anécdotas y compadreo, tan diferentes y alejados de la actual indiferencia y autismo que ha llegado a nuestra sociedad para quedarse, con la legión de pasajeros onanistas, destrozándose las cervicales y sumando dioptrías, que son incapaces de entablar una mínima conversación con alguien desconocido y lamentablemente también, fuera del tren.

Y conozco casos de primera mano.

Comentarios

  1. Muy acertado José María, esto además nos confirma lo mayores que vamos siendo, las muchas y variadas situaciones vividas algo que estos que vienen no las tendrán, s4guiran siendo plenamente digitales

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    1. gracias. por lo menos, que quede registrado aquello que hemos vivido y disfrutado.

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  2. Nunca e viajado demasiado en tren ni antes ni ahora. Pero recuerdo gratamente cuando íbamos a examinarnos de preuniversitario allá por los años cincuenta y pico que nos pasamos todo el viaje contando chistes para prepararnos para el examen. Fue muy gratificante.

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