Cuento para los niños

 


Había una vez un país formado por cuatro tribus que, más o menos, se llevaban bien. Compartían recursos en cierta sinergia -antes de que se inventara la palabra sinergia- de forma que compensaban en armonía los déficits de unos con los superávits de otros. 





En el aspecto social, todo iba sobre ruedas, si bien tenían un problema que no eran capaces de resolver.

En sus periódicas reuniones para debatir sobre las necesidades, problemas y posibles soluciones, tenían mucha dificultad para ponerse de acuerdo, dado que cada una de las tribus hablaba en su respectiva lengua por una malentendida endogamia, con lo cual solamente se entendían entre los de la propia tribu y los demás no se enteraban del asunto, teniendo que recurrir -previo pago- a cuatro intelectuales que conocían las cuatro lenguas y malamente, les iban traduciendo lo que querían expresar. Claro está que, en la traducción se perdían los giros, inflexiones y expresiones genuinas de los idiomas propios, perdiendo sentido muchas de las frases.

Ante este gran inconveniente, de repente surgió un iluminado (el brujo mayor del PTP -Partido Tribal Progresista) que sugirió aprender una lengua común para poder comunicarse con fluidez. Las cuatro tribus aplaudieron la disruptiva y pragmática propuesta y se pusieron a la labor de aprender dicha lengua. Escogieron el castellano por su antigüedad, riqueza gramatical y conocimiento universal que existe sobre este idioma.




En poco tiempo consiguieron aprenderla y desde entonces, en sus reuniones periódicas -sin perder un ápice de sus respectivas costumbres y lenguas propias- se felicitaron porque se entendían entre ellos como antes no lo habían podido hacer.

Sin dejar de sentirse orgullosos por el avance conseguido, no dejaban de tener envidia del país vecino en el que, teniendo también cuatro tribus con lenguas propias, ya tenían una común previa y aquellos no tuvieron necesidad de aprender una nueva, como ellos, para entenderse, habiéndose ahorrado, además, durante años, los innecesarios, pero imprescindibles en su caso, intérpretes, y destinando esas cantidades a cubrir necesidades más perentorias de la tribu.

En todo caso, gracias a la decisión progresista de su líder, cumplieron con su objetivo y ahora se comunican, se entienden y viven felices y comen perdices.

Y colorín, colorado, este cuento se ha acabado.

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