cena de empresa
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No vamos a entrar al detalle que alguien apuntó, desconozco si con acierto, pero al menos con imaginación, que en algunas localidades hay más cenas de empresa, que empresas; en cualquier caso, lo que es una evidencia manifiesta, es que las "cenas de empresa", año tras año en las fechas navideñas se prodigan a lo largo y ancho de nuestra geografía.
Pues bien, dicho esto, entramos ya en materia sobre la forma en que se organizan este tipo de festejos. En principio, los empleados de las diferentes empresas, en ocasiones arropados por sus jefes y en otras por cuenta propia, cuestión que no viene al caso, reservan con semanas o meses de antelación, mesas en restaurantes para darse un pequeño homenaje y confraternizar, de forma lúdica durante unas cuantas horas, compartiendo mesa y mantel.
De una de estas últimas reuniones me han llegado noticias de primera mano, más aún, de gente implicada en el asunto, sobre la singularidad de aquella recordada noche.
De entrada, en el mismo restaurante -cosa habitual- se reunieron varios grupos (juntos, pero no revueltos), que en este caso serían uno de profesores y otro de empleados de funerarias.
De entrada, como no podría ser de otro modo, todo transcurría dentro de la más estricta normalidad, pero a medida que iban haciendo efecto los excesos etílicos, por otra parte, muy propios de estos eventos, ciertas conversaciones dentro del propio grupo fueron trascendiendo al grupo de al lado, de tal modo que se produjeron transferencias de conocimiento profesional entre los docentes y los funerarios.
Del tema del "ligoteo" y derivados del mismo no vamos a hablar, porque no es objeto de este articulo, aunque probablemente algo habría para disfrute y solaz de los intervinientes y la cosa queda entre ellos.
Volviendo al tema central, al quinto o sexto chupito, la euforia iba in crescendo, al tiempo que los festejantes comenzaban a explayarse.
Los profesores, de alguna manera, se sintieron eclipsados por los funerarios, más que nada porque al colectivo de mortales nos preocupa más el tema de palmarla que el de la educación y así comenzaron las exposiciones de los tanopractores -gentes que se dedican a dejar a los cadáveres como un pincel, aunque les hubiera pasado un trailer por encima- seguida por los "fogoneros" de los hornos crematorios, ..., en fin, unos temas que invitaban a apurar la última copa y salir corriendo de allí.
Pues bien, los que no querían salir corriendo, pero iban saliendo de muy mala gana, eran algunos del "equipo de funerarios". Resulta que, como en tantas otras profesiones, hay personas que tienen que mantener permanentemente turnos de guardia y el asunto funerario no iba a ser una excepción, ya que la gente se muere cuando le viene en gana, cuando Dios quiere, o cuando le coincide; todo ello según respetables opiniones o creencias y en todo caso, ajenos a su propia voluntad salvo el suicidio o la eutanasia, en donde la contemplen y practiquen.
En lo mejor de la sobremesa, surgió la primera llamada para atender a un fallecimiento. Ni que decir tiene que los empleados de guardia habían asistido a la cena puesto que, según ellos y con buen criterio, no habría noche en el año en la que se pudiera predecir falta de trabajo, y ello podía producirse a cualquier hora de la noche o madrugada, de tal manera que aparcaban sus coches funerarios frente al establecimiento en cuestión, cruzando los dedos para que alguien no se muriese en las próximas tres o cuatro horas, cuestión harto improbable.
No había pasado mucho tiempo desde que el primer desafortunado había tenido que abandonar la fiesta para hacerse cargo de un cliente, cuando llegó una segunda llamada que advertía de la necesidad de una nueva intervención.
Un poco más "colocado" que el primero, este otro desgraciado, con indisimulado cabreo, abandonó el grupo para dar cumplimiento al protocolo del deceso que se acababa de producir.
La anécdota llegó cuando al final de la cena, en el momento álgido de chupitos, cubatas y demás; uno de los concelebrantes se dirigió al tercero que estaba de guardia aquella noche, espetándole el término futbolístico: "calienta que sales".
Y, ciertamente, sin necesidad de calentar, porque caliente ya estaba, salió. Una inoportuna tercera llamada lo sentó al volante de su coche fúnebre, esa noche más alegre que fúnebre, y lo llevó, entre el desconsuelo de haber tenido que dejar la fiesta en su mejor momento, y tras el rosario de chupitos que se había metido entre pecho y espalda, a cargar con el féretro de alguien desconocido y a quien, sin lugar a duda, le hubiera dado igual que lo trasladaran tres horas antes o tres horas después.
Poniéndome serio, no podía dejar de recordar, de algún modo, el drama que hemos tenido que pasar la mayoría en este trance, pero tampoco me resisto a sacarle el punto de humor que tiene la normalización entre los profesionales del tema y muy especialmente en este caso, la cita de "calienta que sales" del ingenioso de turno, ante la evidente probabilidad de que tuviese que abandonar el festejo para conducir su coche fúnebre con menos habilidad de lo habitual, pero eso sí, habiendo calentado antes convenientemente, siguiendo los consejos de su compañero veterano en estas lides.





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