Bodegas de la Ribeira Sacra

Antes de que nos vayamos al carajo los de mi generación, más cerca del arpa que de la guitarra, de la cual algunos, muy a su pesar, ya se nos han adelantado, me apetece hacer una semblanza de la larga o corta, según se mire, historia de la Ribeira Sacra; entorno hoy en día y afortunadamente, en exponencial crecimiento como destino enoturístico de dimensiones que no parece tener límites.





Efectivamente, la historia es larga dado que por parte de los historiadores ya se cita la Ribeira Sacra como proveedor de vino de la Roma Imperial, mezclado con miel o con lo que fuera para su conservación en las ánforas que hasta allí lo transportaban. Lo de las mezclas viene a cuento de su transporte. Conviene recordar que en el siglo III todavía no había aviones ni autopistas, por lo que los trayectos ocupaban bastante más tiempo que actualmente y el vino, sin echarle metabisulfitos ni cosas raras, se podía ir al garete antes de pasar Piedrafita o La Canga y el Padornelo, según por donde les petara salir de Galicia, si bien cabe señalar que las vías romanas gozaban de mejor firme que las actuales autovías, ya que algunas, que todavía no han sido enterradas por el "moderno" hormigón y la ineptitud política, continúan firmes y operativas después de dos mil años.





Sobre la mezcla del vino y la miel, si bien hay información de que ya en tiempos antes de Cristo estaba extendido el consumo de hidromiel como bebida habitual en el caso de que los componentes fueran agua y miel, no sé por dónde tengo leído que los astutos romanos, al tratarse de vino en vez de agua, cuando llegaba el cargamento del Amandi a Roma, por algún procedimiento separaban una cosa de la otra y la miel se la untaban en las tostadas para el desayuno y en las pupas para curarlas, y el vino se lo tomaban cuando Baco manda, que era todos los días, claro.

De la relación del período interregno entre el Imperio Romano y la irrupción de los monjes medievales respecto al asunto del vino, no tengo conocimiento ni me he tomado la molestia de buscar información. Tal vez los bárbaros y visigodos estaban más a otra cosa y le pegaban más a otras bebidas destiladas de alta graduación que al vino que tenían a pie de obra, entre otras cosas para ponerse a tono cuando a diario tocaba partirle la cabeza, literalmente, a los habitantes del lugar que invadían.

Pasado este episodio histórico, llegamos a los tiempos de la eclosión, como setas, de monasterios en la Ribeira Sacra. En principio, era como las actuales urbanizaciones, pero de unifamiliares y un poco separados entre sí. De alguna manera, esta información está refrendada por fuentes creíbles al situar la Ribeira Sacra como el lugar en el que hay más iglesias y monasterios románicos por metro cuadrado de todo el mundo mundial.





Conviene reseñar lo espabilados que eran aquellos monjes que, además del "ora et labora" que llevaban a rajatabla, también se ocuparon de fijar una ración diaria de dos litros de vino "per cápita" para cada uno de ellos, señal del nivel de atención y cuidado que profesaban a sus viñedos para atender semejante demanda, con lo que cabría modificar su enseña por "ora, labora et liba", aunque no sería políticamente correcto hacerlo manifiesto.

Y tras esta introducción, nos vamos acercando a los tiempos actuales para situarnos en los años 60 y subsiguientes en los que las bodegas de cierta producción, aunque limitada, proveían de sus vinos de forma continuada a las tabernas y bares de Lugo, que se iban desprendiendo de sus habituales "blancos" y "claretes" para sustituirlos por aquellos caldos autóctonos, en general, de menor graduación y mejor trasiego y que fueron ganando adeptos hasta el punto de marginar a los espartanos vinos que se venían consumiendo procedentes de Castilla y de El Bierzo.

A finales del pasado siglo, "inventaron" (permítaseme la frivolidad del término), la "Ribeira Sacra", y lo digo como un éxito total para promocionar y compartir con todo el mundo lo que hasta entonces estaba reservado para unos privilegiados.




Dentro de estos privilegiados tengo la fortuna de encontrarme, ya que he hollado no pocas bodegas del entorno, desde las más humildes a las magníficas instalaciones de las actuales que comercializan de forma más refinada los vinos que allí se producen.

En cualquier caso, me he extendido demasiado en la introducción sobre lo que pretendía realmente reflejar, que no era otra cosa que mis experiencias sobre la Ribeira Sacra, antes de que la hubieran denominado y catalogado como tal.

Tanto desde mi Lugo natal, como desde Monforte en donde tuve residencia durante unos años, mantuve contacto directo con aquellos parajes y viene esto a colación de la transformación que, en un corto espacio de tiempo, ha tenido aquel entorno y de la que he sido testigo.





Mis primeros contactos con las bodegas familiares vinieron determinados por mi residencia monfortina, en la que, por unos u otros motivos relacionados con mi profesión y círculo de amistades, tuve la irrepetible oportunidad de conocer y disfrutar de aquellos pequeños cosecheros, así como de su conversación y su vino de muy limitada producción "solo para beber con los amigos". Ni se te fuera a ocurrir pedir que te vendieran unos litros para llevarte. Hay cosas que no tienen precio.

Las tradicionales cubas de madera de 250 litros y otras de menor capacidad, trasmutaron en otras de acero inoxidable en aras a un hipotético mejor tratamiento e higiene, perdiendo todo el glamour ancestral que tenían aquellas barricas en favor de una mayor rentabilidad y puesta en el mercado de sus producciones, a cambio de perder toda su esencia.




Conservo con grato recuerdo, el momento en el que, en una de aquellas bodegas, antes de su posterior innovación, hoy uno de los iconos de la denominación de origen Ribeira Sacra, asaron un cabrito en el suelo de tierra de la propia bodega en mi honor para seis amigos y yo, a modo de despedida cuando tuve que cambiar de residencia, muy a mi pesar, por motivos laborales.

Alejado de aquellos momentos "íntimos", y ya desplazado de Monforte, volví de forma recurrente a aquellos lugares, en estas ocasiones con grupos de amigos. Aquel romanticismo del concepto bodega, se me esfumó, aunque no tanto las anécdotas que puedo recordar sobre estas nuevas visitas.

Sin ir más lejos, en aquellos tiempos de transición, la mayoría de bodegas no eran visitables, por tanto carecían de cualquier elemento de "atractivo turístico"; para ser más precisos, o ibas invitado o no ibas. De tal modo, cuando estabas en la bodega y te entraban ganas de hacer pis, te señalaban la puerta trasera para que desbebieras entre las berzas de la huerta. Otra cosa era cuando en vez de "pis" era "pas", cuestión muy frecuente si se trataba de empezar el "vino nuevo", en cuyo caso deberías previamente de proveerte de un periódico y no precisamente para leerlo.






Abundando sobre los aspectos del "vino nuevo" tal vez deberían tomar nota los especialistas en colonoscopias, que te hacen tomar unos potingues de polvos que no hay dios que los trague para limpiar el colon, cuando con la ingestión de unos cuantos vasos de "vino nuevo" te vas por las patas sin previo aviso y te das el gusto de tomarte unos vinos en vez de tragar las marranadas esas que te dan y además, en función de las dosis que hubieras ingerido, podrían ahorrarse la sedación ya que ibas sedado de casa.

Hablaré con el SERGAS, a ver que pueden hacer ya que me toca colonoscopia el año que viene.


    



Entre otras anécdotas, sin entrar a muchos detalles, una muy común era la costumbre de infiltrarse en tu visita a una bodega por parte de otro bodeguero, alertado y en connivencia con el anterior (los cosecheros son como una secta, pero sana, para el visitante), con la intención, totalmente altruista, de llevarte a su bodega para que probaras y, en su caso, alabaras su vino para engorde de su ego aparte del disfrute, cómo no, de la compañía y conversación a pie de barrica.

Quiero dejar constancia para lectores jóvenes, incluso de mayores que puedan ser desconocedores del tema, de la existencia de personas que te daban todo a cambio de nada y encima se encontraban agradecidos porque consumieras aquello que les había costado el trabajo de todo un año. Toda una lección de cómo entender la vida.





De este modo, casi sin quererlo ni pretenderlo, o sí, hacías un peregrinaje de bodega en bodega, hasta que el cuerpo aguantase; bien cierto es que acompañado de chorizos, quesos y otras viandas del lugar y, sobre todo, del disfrute de la pasión del bodeguero en cuestión, aunque ocasionalmente hubiera que registrar alguna indeseada caída o rescate de entre los viñedos de algún desorientado que en la oscura noche hubiera tenido que asistir al ecológico w.c. y no consiguiera retornar por sus propios medios, que en aquellos años, antes de que se inventaran los móviles, la geolocalización se realizaba a gritos. Y no fallaba.

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