O Chuco.
Si tiene capilla, palomar y ciprés, pazo es. Esto viene a ser la popular definición de lo que identifica a un pazo y lo califica como tal.
De modo análogo podemos identificar, sin rimas y de un modo mucho más prosaico en todos los sentidos, lo que definiría a las tascas, tabernas o incipientes bares, del último cuarto del pasado siglo en Lugo.
- Lugar sin la más mínima concesión a la comodidad. Mostrador, cuatro mesas, cuatro sillas y listo.
- Váter impracticable y en penumbra, reservado para las urgencias más urgentes, valga la redundancia.
- Bodega "urbana" en la parte posterior más fría y lúgrube del bajo.
- . A ello habría que añadir la expresión, digamos hierática, por no decir huraña, de muchos de los taberneros, no sé muy bien porqué.
La masa enofílica lucense de los años 70 y subsiguientes posteriores, gregaria al igual que los estorninos que sobrevuelan el parque Rosalía, se movía en circuitos dominados por este tipo de establecimientos: San Roque, Recatelo, A Milagrosa y A Ponte, sobresalían como puntos de encuentro y devoción para los discípulos de Baco.
Recuerdo que un gran amigo lucense y además compadre, pero afincado en Madrid, cuando coincidíamos en Lugo me decía "llévame por las catedrales del tinto", como clara referencia a estos locales. Por contextualizar, en aquella época no "se había inventado" la Ribeira Sacra, si bien todos los vinos que se consumían en Lugo procedían de los cosecheros de aquella zona, a mi criterio, muchos de ellos de superior calidad o personalidad, llámesele como se quiera, que los más refinados actuales, a mayores con precios prohibitivos para muchos bolsillos.
Hoy me siento especialmente motivado a escribir estas líneas a modo de sentida, pero desenfadada necrológica por el fallecimiento de uno de "los últimos mohicanos", si así le podemos llamar a quién resistió los envites y embates de la modernidad y mantuvo hasta el último día de su vida alzada la bandera de la tradicional taberna en toda su esencia y como tal se concebía, eso sí, con más higiene y mejor humor que mi anterior descripción de las tabernas.
Hecha esta introducción y semblanza, especialmente para lectores jóvenes, paso al asunto principal del artículo.
"Morréu o Chuco", me advirtió hace escasas horas mi amigo Antón Grande, conocedor del afecto que, aun desde la distancia, le tenía al amigo Manolo, Chuco o Chuquiño, según el nivel de trato que se tuviese con el interlocutor. Para mi, era Manolo.
El nombre propio y diminutivos se le aplicaron porque el primigenio Chuco había sido su señor padre, tabernero a la antigua usanza, permanentemente sentado al lado de la chimenea de leña, trasegando jarras de vino, con algo de tocino y chorizo de por medio, cortado a navaja sobre un trozo de pan centeno, y un par de cajetillas de Ducados de acompañamiento.
Su singular dieta le llevó a tener que ser atendido en la prestigiosa clínica cardiológica de Valdecilla, cuyos facultativos estaban asombrados por la supervivencia del rebelde paciente, año tras año, sin cambiar un ápice sus hábitos y no daban crédito a su evolución y su resistencia a abandonar este mundo en el tiempo en el que la medicina entendía que obligatoriamente debería de haber sucedido.
Lo cierto es que, el bueno de El Chuco, terminó falleciendo, al igual que todo el mundo, pero bastante mayor de lo que predecía la ciencia y en todo caso, con mucha más edad de lo que lo hizo hoy su hijo pequeño.
En principio y en los tiempos actuales, 62 años no es una edad tan avanzada como para entregar la cuchara, pero cuando te toca, te toca y no hay nada que hacer, tengas 15, 48 o 75 tacos y seas vegano, carnívoro, omnívoro o de Sanitas, da igual.
Pues bien, cuando falleció su padre, quedó al frente del negocio su viuda, acompañada por Manolo y su esposa. El bar era punto de referencia para pandillas y particulares de todo tipo y condición que desde el centro de Lugo se desplazaban a orillas del Miño para compartir momentos de ocio con tertulias y vino -siempre de cosechero- a discreción.
A ello habría que añadir la clientela "fija" del propio Barrio del Puente, quienes, con puntualidad inglesa y recurrencia diaria, se acomodaban en sus lugares habituales tácitamente reservados por códigos tabernarios inentendibles e inexplicables para profanos en la materia del bebercio.
Si eras cliente habitual, al entrar y sin preguntarte, si era al mediodía, te endiñaba un blanco; si era por la tarde noche, un tinto. No se le ocurriera a un despistado llegar y pedir un Rioja, la contestación muy probablemente no sería agradable.
Aunque residiendo yo en otras localidades bien distantes de Lugo, en cuanto podía aprovechaba vacaciones, puentes y fines de semana, para recargar mis pilas lucenses y era cita obligada la visita al Chuco, que, en muchas ocasiones, se prolongaba durante varias horas.
Sin saber muy bien porqué, Manolo y yo nos tuvimos siempre cierto afecto. Una de las mejores comprobaciones de ello fue un día en que me pasó a su bodega y me dio a probar el vino para que opinara sobre su calidad, aparte de regalarme una garrafa. Este detalle, aparentemente sin importancia, la tiene y mucha, considerando que los taberneros siempre han sido seres muy celosos de enseñar su bodega a nadie, siquiera a los clientes diarios, cuestión que me demostró su nivel de confianza para conmigo.
Mención aparte merecen las noches, especialmente de fin de semana, en la que los "cantos de taberna" antiguos, a capella, se sucedían uno tras otro, hasta bien entrada la madrugada y no podía quedar sin cantar "Esclavo y amo", el bolero mexicano de Javier Solís, con Chuco y en ocasiones un servidor, en improvisado dueto
.
Podría mencionar multitud de anécdotas, una de las mejores fue la de una noche, ya bien avanzada, en medio de los cánticos habituales, uno de los presentes se desplomó. Entre que algunos no se percataron y otros pensaron que habría caído borracho -cuestión no extraña y a la que se le restaba importancia- lo cierto es que uno de los menos perjudicados, tuvo la feliz idea de llamar a una ambulancia que llegó al momento y se lo llevaron en camilla (al final resultó que había sido un infarto), mientras que el resto continuaba cantando ajeno al incidente y mirando de reojo la actuación del 061 como si fuera algo normal.
Hoy no me quiero extender más dado que lo que allí acontecía, de lo que tengo vivencias propias y referencias creíbles, daría para un libro que, quizás con el tiempo, me anime a escribir.
Hasta entonces, como decían los romanos que construyeron el puente que veías a todas horas desde tu casa, "que la tierra te sea leve" amigo Manolo y gracias por los buenos momentos que nos regalaste con tu existencia.
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