Pedro "Carrazua".

En alguna ocasión he tratado en este blog diversos aspectos de la Ribeira Sacra, si bien no recuerdo haber citado bares del epicentro de aquella zona.

Me estoy refiriendo al Monforte de los años ochenta y los establecimientos que, antes de haberse creado la denominación "Ribeira Sacra" para sus vinos debidamente embotellados y sometidos a las exigencias sanitarias y de calidad que las D.O. requieren, servían buena parte de aquella producción para chateo.




En el campo de La Compañía, con el impresionante edificio de Los Escolapios enfrente, había varios locales, pero ninguno con la solera del "Carrazua", si bien estaba próximo el no menos antiguo de Josefa, "a papuxa", en donde todavía, muy de cuando en vez, se podía degustar su célebre empanada de papuxa, pajarillos cuya captura con redes se prohibió y, consecuentemente, desapareció del mapa, tanto la empanada como el bar.




Recuerdo de Josefa, una ocasión en la que entramos un amigo y yo trajeados al bar, sin ella  conocernos, su expresión de "hacía tiempo que no me entraban aquí caballeros tan elegantes". Toda una dosis de autoestima y de la bidireccionalidad que pueden tener los piropos, según el caso. Obviamente correspondimos al cumplido de forma oportuna.

Comentada esta anécdota, más que nada para dejar constancia de que algún día existió la "empanada de papuxa", exquisita por cierto, nos desplazamos pocos metros arriba para conocer el bar en el que tuve la experiencia de tomar los mejores blancos y tintos de la Ribeira Sacra, a mi criterio y al de casi todo Monforte.

En principio, no es frecuente que en el mismo bar sean igualmente excelentes los blancos y los tintos. En este caso, se daba esta rara concurrencia; eso sí, al arbitrio y libre albedrío del tabernero, que tenía que darle salida a los bocois de diferentes viñas de procedencia, según su saber y entender, cuestión que tampoco escapaba a su clientela que detectaba aquellos cambios evidentes de calidad cuando servía caldos menos agraciados y lo evitaba en sus recorridos diarios hasta que la calidad volviese a aflorar y se corriese la voz.




De sus mejores y afamados vinos, buena parte de culpa la tenía la ubicación de algunos de sus viñedos en escarpadas pendientes, tocando las aguas de la ribera del Sil en su mejor orientación, que vendimiaba con experiencia y cuidado el amigo Pedro Carrazua, quien presumía de su singular viña "A Frieira" como pudiera presumir el mejor cosechero de Rioja de uno de sus más preciados viñedos.

Antes de proseguir tengo que hacer una semblanza del carácter y personalidad del personaje, pues realmente era un personaje.

Pongámonos en que se trataba de un individuo con cierto parecido a Obelix sin casco ni trenzas y con unos colores granates que le cubrían toda la cara y que evidenciaban los cinco o seis litros de vino diarios que se solía trasegar sin despeinarse. Curiosamente vestía un jersey de pico, también granate, a juego con su cara y que semejaba que no se quitaba ni para dormir.



Tras el bigote que adornaba su imagen seria, se traslucía un rostro que no desprendía un ápice de amabilidad. Es decir, quien iba a su taberna, iba por el vino, no por él, y no era la primera vez que alguien hubiera tenido que abandonar su local "por piernas" ante el menor comentario malentendido por Pedro que alterara su genio. Otro tanto ocurría con la frialdad y austeridad de la taberna, que semejaba llevar así desde antes de la guerra, sin que ello pareciese importarle a la clientela diaria y a él, menos.

Una de las anécdotas más curiosas sucedió cuando el cobrador del ayuntamiento se personó para cobrarle el impuesto sobre rótulos:

En la fachada tenía uno de los típicos rótulos que las empresas de bebidas regalaban a los establecimientos a cambio de publicitarse y en los que predominaba la marca, situando en su parte inferior el nombre del bar relegado a un segundo plano.

Como Pedro no entendía mucho de pagar por este tipo de historias, cogió una cayada que tenía bajo el mostrador para casos extraordinarios y se fue hacia el cobrador municipal, al que le faltó tiempo para abandonar el local a la carrera. Pero la cosa no quedó ahí; al salir, con el cobrador guardando prudente distancia, el bueno de Pedro la emprendió a garrotazos con el letrero hasta que lo dejó hecho añicos, al tiempo que le espetaba entre gritos y juramentos, ¡qué letrero quieres cobrar! ¡ aquí no hay letrero!




Recuerdo un día en que me contó de primera mano la visita que le hicieron unos Testigos de Jehová cuando estaba cavando en las viñas. No puedo transcribir en este artículo las palabras que les dirigió a los inconscientes predicadores, pero sí el final que resultó que subieron corriendo por entre los viñedos hasta que consiguieron perder de vista a su, en principio, hipotética víctima y al final, verdugo si no llegan a escapar a tiempo de su monumental cabreo.

Este hombre, lo que tenía de bruto lo tenía de noble, al menos para conmigo. No se abría a conversar de cosas, más o menos serias, con nadie, pero en mi caso, desde el primer momento tuvimos una muy buena relación y alguna que otra charla.

Como cualquier otro bodeguero, tenía diferentes barricas e iba tirando de ellas según le pareciera, según he comentado anteriormente. Cuando llegaba una pandilla de amigos, clientes habituales y exigentes, sacaba del bueno, y cuando la clientela era "normal", del menos bueno.




No le vendía vino a nadie, había que "llevárselo puesto" de allí, pero conmigo tenía la deferencia de venderme garrafones de dieciséis litros, "del bueno", como también tuvo el detalle de invitarme a comer con él y su señora (de la que comentaré a continuación), en privado, deferencia que no olvidaré pues el bar cerraba a las tres y comían ellos dos, obviamente solos y sin invitar a nadie, por supuesto, a la comida que tuviesen ese día.

Su esposa, Celia, abnegada trabajadora y resignada esposa del "elemento", cuidaba la cocina para ofrecer unas medidas tapas a la clientela cuando la ocasión lo requería. Tenía, también, una excelente mano para cocinar la caza y recuerdo el día que unos amigos le habíamos pedido que nos preparase la caza que le lleváramos, en un reservado que tenía para ocasiones, de tal suerte que pudimos degustar "un triple" de conejo, liebre y perdiz, acompañados del mejor tinto de Amandi, que permanecerán para siempre en mi memoria.


Uno de los días que me encontraba allí, pasaba Celia por detrás de él sin inmutarse y le espetó con ironía: "Celia, respira", a continuación me aclaró que llevaba tres días sin hablarle por no sé que follón matrimonial que le había montado. Celia, obviamente, prosiguió sus quehaceres con total indiferencia, y él también, claro.

Me comentaba Pedro, en una de nuestras últimas conversaciones, que estando próxima su jubilación, escogería a mi banco para cobrar la pensión y de paso visitarme, y después pasearía por "El Cardenal" con un bastón, como un señor, tras haber cerrado el bar y vendidas las viñas.



Lamentablemente, las historias a veces no tienen final feliz y, en principio, por mi parte tuve que trasladar mi residencia, si bien celebramos el disgusto en privado, y poco después me enteré de su fallecimiento, antes de cobrar la pensión y de pasearse por "El Cardenal" con su bastón.

Descanse en paz Pedro, nobleza y pasión por su profesión, cosechero de vinos irrepetibles.



Comentarios

Entradas populares de este blog

Las gafas de los cardenales.

Ruperto, Milucho, Portiño, Pepito, Toñito y otros, a propósito de la jerga vinícola.

Luis, de "A Tasca"