Toñito "Meilán"
.
Si alguien me preguntase por quien fue el personaje más simpático que me encontré a lo largo de mi vida, la respuesta inmediata sería, "Toñito Meilán".
El caballero en cuestión, se trataba de un Graduado Social con despacho en Lugo, e intachables referencias profesionales, lo cual no era óbice para, en sus horas libres, ejercer de auténtico dinamizador de la vida tabernaria de la Ciudad allá donde fuere.
Cabe precisar que Meilán no era su apellido, sino su parroquia de residencia en las afueras de la capital.
En mis crónicas quiero testimoniar los hábitos y costumbres de no poca gente que, en el último cuarto del pasado siglo, habitaba nuestra ciudad y la vivía plena y diariamente, después de trabajar y atender sus obligaciones familiares con mayor o menor diligencia, según Dios le diera a entender a cada cual.
Obviamente, como no había ordenadores, móviles, WhatsApp y cosas por el estilo, la comunicación era "vis a vis"; o sea, que o te ibas a la calle y a los sitios en donde presumiblemente estarían los colegas y la vida real, o no te enterabas de nada.
El asunto en principio, no se presentaba fácil, si bien, si pertenecías a un círculo muy cerrado, bajabas al bar de la esquina en donde pasabas un par de horas, invitabas y te invitaban a los correspondientes vinos, y listo, pero la información y debates eran limitados a "los cuatro intelectuales del bar", por llamarles de algún modo.
Aunque lo anterior era comúnmente aceptado por los más conformistas, un buen número de lucenses optaban por desplazarse en sus coches a la salida del trabajo, o a cualquier hora de sábados y fiestas de guardar, por los diferentes barrios y tabernas de la ciudad y extrarradios para compartir y pulsar la actualidad municipal, nacional, mundial, o lo que hiciere falta, con cualquiera de los contertulios que se encontrase en cada local. Cuestión impensable en los tiempos actuales, que alguien entre en un establecimiento y empiece a cascar con los que están allí sin conocerlos de nada. Nadie le haría caso y unos llamarían al 112 y otros al 092.
Obviamente, tampoco se "habían inventado" los controles de alcoholemia, al menos a niveles municipales, por lo que la circulación era libre, independientemente de que te hubieras tomado dos vinos o dieciocho y de hecho, vaya en descargo de los "consumidores excesivos de vino de la época", no tengo constancia de ningún accidente, siquiera menor, a lo largo de muchos años, causado por la fauna a la que me refiero en este artículo (tome nota la DGT).
Dicho lo anterior, los "nómadas del alterne", de alguna manera eran conocedores de aquellos colegas habituales que se podrían encontrar en cada bar en función de la zona y hora que se tratase. De este modo, venía a ser como una "quedada" actual en redes, pero sin redes e intuitiva. O sea, que te ibas a tal sitio a las dos, esperando que allí estuvieran fulano y zetano. En muchos casos, el tabernero te advertía que "fulano y zetano" se habían marchado hacía unos minutos, con lo que tú, conocedor de los recorridos, ya sabías a ciencia cierta en qué siguiente bar los ibas a encontrar. Evidentemente, hacías una consumición, pagabas, invitabas al de al lado, si no te había invitado antes él, y te ibas al encuentro deseado.
Y en ese ambiente surgía la figura de Toñito Meilán. Nunca mejor dicho lo de "figura" porque su 1,80 que completaba con más de 140 kg de peso, mal calculados, hacía que su presencia no pasase desapercibida.
Siempre impecablemente trajeado y de corbata, con su insignia de la "Real Sociedad" en la solapa (en alguna ocasión le pregunté porqué un tipo de Lugo andaba con una insignia de la Real Sociedad en la solapa y no sé muy bien lo que me contestó, si bien recuerdo que su querencia "donostiarra" se manifestaba también por su devoción por el "Orfeón Donostiarra", con la que yo comulgaba y nos daba pie a interpretar a las primeras de cambio el famoso "Boga Boga", de Guridi, en la que él ejercía de tenor en su parte solista con mucho acierto). Mario Lanza se encontraba entre sus tenores favoritos a los que intentaba emular y del que presumía tener algunos vinilos. De hecho, el cante nocturno siempre estuvo muy presente después de los correspondientes chistes y conversaciones al uso previas.
Entrar Toñito a un bar, era ver llegar la alegría personalizada. Siempre sonriente, sus ojos achinados detrás de las gafas y con una sonrisa que era prácticamente una carcajada ya, anunciando lo que iba a venir después. Porque lo que venía después, era una anécdota real, pero muy, muy derivada y con mucha imaginación, con la que disfrazaba en clave de humor cualquier noticia o ocurrencia que se le viniera a la cabeza, todo ello contado con una gestualidad y simpatía, que me río yo de los monólogos actuales. Si no había tenido anécdota, se la inventaba sobre la marcha, que era todavía mejor.
Toñito, sería hoy "el Rey del Monólogo", sin ningún género de duda.
Es complicado escoger, incluso narrar por su contextualización, algunas de sus diarias ocurrencias, pero entre las que recuerdo más célebres, una fue cuando a su gran amigo, Victorino, le sobrevino un accidente vascular en plena parranda nocturna, y acompañándolo por los pasillos del hospital, con Victorino infartado en la silla de ruedas y tan enfermo como bebido, y él empujando, le apremiaba Victorino, "Toñito, vamos a cantar "Las Mañanitas", a lo que Toñito sentenció: "cala alacrán, que nos van botar de aquí".
Cuando, pasado lo grave del episodio, lo contaba Toñito, teatralizando las caras serias de los médicos, enfermeras y demás ante la actitud "cantora" del interfecto, a las cuatro de la madrugada y pidiendo "Las Mañanitas", era un auténtico descojono.
No fueron anécdotas menores las que presencié en el bar "Chantada", en el que pululaba a todas horas el nieto de la tabernera, de unos tres años, pero con la malicia propia de un adulto resabiado. Toñito no se cortaba y se ponía a la altura del niño, comiéndole sus bocadillos de chocolate y poniéndole zancadillas para defenderse, ya que el niño, enfilaba el triciclo para destrozarle los tobillos en justa correspondencia. A todo esto, la acción continuaba chivándose el niño a su abuela de que Toñito le había comido el bocadillo y Toñito se justificaba diciendo que no había pruebas, que el niño había mentido, mientras pedía que sirvieran otra ronda de vino para los presentes, con la abuela sin dudar sobre la autoría de los hechos.
Precisamente a la salida del Chantada, con nocturnidad y sin alevosía, una madrugada a horas intempestivas, se nos antojó entonar una última canción "fuera de repertorio" de las cuarenta que habíamos cantado antes. Lo teníamos "a huevo": Frente al bar, se encontraba sobre un pedestal el busto de Juan Montes, presidiendo el jardín de San Roque (antes estuvo en otro sitio y ahora en otro, pero lo bueno que tiene Juan es que no se queja de los traslados que van a conveniencia de los políticos de turno y sus sandeces). Allí nos congregamos los cuatro o cinco que quedábamos de la ronda nocturna y nos dispusimos a cantarle su "Negra Sombra" con la mejor de las intenciones.
Al final de la interpretación, Toñito, incomodado por alguna nota mal dada, se postró de rodillas y dirigiéndose al busto le espetó: "Perdónales, Juan, que no saben lo que hacen", mientras los demás insistíamos en repetir la última estrofa intentando mejorarla.
.










Comentarios
Publicar un comentario