El tute subastado.
Ahora, en el otoño -más bien entrando el invierno ya- de mi existencia, repaso algunas asignaturas que me han quedado pendientes de aprobar y que difícilmente podré hacerlo ya.
La primera, y esa sí que no tuve opción a estudiarla, es no haber sido "de aldea". Nada he deseado más que haber tenido una casa familiar de referencia en una aldea, de costa, de interior,me da igual, puesto que aunque son diametralmente diferentes, en su esencia tienen ese sello de identidad atávico que nunca podrá alcanzar un "urbanita" por más dinero y ganas que tenga de tenerlo.
Para mi consuelo, mis primeros años de vida transcurrieron en aldeas, dada la profesión de mi madre (maestra rural con residencias fijas en donde ejercía), con lo cual algo pude haber mamado, afortunadamente, de todo aquel sentido de vida.
Hecha esta nostálgica introducción, me quiero remitir a algo más prosaico y lúdico que ocupa un lugar preeminente en el pódium de mis asignaturas pendientes. Me estoy refiriendo al "tute"; sí, al juego de naipes que se prodiga, o prodigó más antes que ahora, por todo nuestro país principalmente en bares y tabernas, punto de encuentro a horas tácitamente acordadas para tal solaz asueto.
Por mi parte, poniendo mucho empeño en asimilar las normas del juego, he conseguido mantener algunas partidas con otros contrincantes, con dispares resultados. También pude compartir alguna partida de "tute cabrón" sin que se notase mucho mi impericia, incluso llegando a no perder algunas partidas, supongo más por suerte que propiamente por mis habilidades en la materia.
Pero mi asombro y reconocimiento a los practicantes, que me obliga a escribir estas líneas, se basa en la variedad de esta disciplina del tute conocida como "el subastado".
Por motivos que no vienen al caso, asistí como espectador a algunas partidas de "subastado" que me provocaron tanta perplejidad como depresión en su simple contemplación.
Para los no iniciados en este asunto, aclaro que es un juego por parejas en el que se reparten las cartas entre cuatro jugadores y en función de las cartas que le hayan correspondido a cada uno, deben calcular a qué puntuación pueden o no llegar después de haberse jugado todas ellas, presumiento y calculando previamente cuáles jugarán cada uno según cómo se vaya desarrollando el juego.
"Cágate lorito". Han trasladado el futuro al presente sin pestañear.
Tú sabes las diez que tienes, pero, ¿cómo sabes las que tiene tu compañero y también las de los dos contrincantes y cómo las jugarán?
Mi estupefacción viene determinada por el hecho de que, en más de una ocasión, el primero en salir pone una carta sobre la mesa y automáticamente el resto tira las cartas abajo y el juego finaliza en ese momento y prácticamente sin haber empezado, con la mutua aceptación de ganadores y perdedores del hipotético y posible desarrollo del juego, coincidiendo con los previos cálculos que habían realizado cada uno para consigo.
Los de "Cuarto Milenio" son unos aficionados. Esto sí que es un misterio a analizar y resolver, si es que fuera posible hacerlo.
En principio, también en la NASA están ocupados en buscar vida inteligente en otros planetas o en el universo. Van mal y caros. Los genios los tenemos aquí. ¿Qué tipo de desarrollos matemáticos sin fórmulas por medio, se hacen estos individuos, muchos de ellos sin haber finalizado la EGB, para calcular con exactitud y antelación lo que va a discurrir en los próximos movimientos, con sus respectivas derivadas y cálculos adicionales sin bolígrafos ni ordenador?
Puestos en la balanza de juegos inteligentes, el ajedrez sería un juego menor al lado del "subastado". Me río yo de Kasparov y demás notorios ajedrecistas, a quienes "Pepe, el albañil", les metería una paliza en una partida de subastado sin despeinarse.
Con más o menos motivos que los que han nominado el "Cante Alentejano" Patrimonio Inmaterial de la Humanidad o, sin ir más lejos, de los que están postulando Lugo con sus tapas gastronómicas para idéntica nominación, yo declararía el "Subastado" como Patrimonio Inmaterial de la Humanidad, por todas las connotaciones intelectuales, aparte de las sociales, que conlleva y que no están al alcance de cualquier intelecto de medio pelo, incluido el mío, claro.
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